912. Mi único héroe en este lío

6 de junio de 2026 | Junio 2026

Se dice que en alguna fábrica del conurbano bonaerense se tuvo que frenar la línea de montaje porque los laburantes se abrazaban con los ojos cargados de lágrimas y los rostros desfigurados, buscando consuelo para un dolor inesperado que les había caído encima con el peso de los años.

Que un herrero subió el volumen del parlante para no escucharse a sí mismo llorando: le parecía mejor que su héroe cantara una vez más las palabras que su garganta jamás hubiera atado. Y que cuando se encontró con su hijo no les hizo falta hablar para entenderse. Les alcanzó con romperse la garganta con miles de desconocidos.

Que la maestra de la escuela privada tuvo que decir que se sentía mal de la panza y que por pasó una hora encerrada en el baño, sin previo aviso, dejando a los chicos solos, porque los directivos nunca le habrían comprendido la verdad.

Que esa noche se juntó con cuatro amigas en la Plaza de Mayo a tomar fernet y agitar las almas.

Que los albañiles en la obra se vieron por primera vez llorando y ninguno acusó a otro de puto, porque todos lo habían sido ese día. Incluso después, cuando se les escapaban algunas lágrimas con la música latosa que salía de un celular cascado y de vidrio partido.

Que escucharon la discografía casi entera y la jornada, en la que casi no trabajaron, duró más que ninguna otra.

Que el desocupado, solo en su casa cada día más vacía, gritó y revoleó una silla, que terminó sin una pata. Después le mandó un mensaje al grupo de amigos donde cada uno se desahogaba.

Que ese día, en vez de buscar trabajo, prefirió juntar a toda la banda para tirar unos chorizos arriba de un fuego y tomar vino.

Que la kiosquera no abrió porque ese día ya sabía que iba a tener la cabeza en otro lado y no tenía ganas de ver a nadie que no se sintiera como ella; menos todavía al policía de la esquina que cada tanto se le quedaba hablándole desde la vereda.

También que en una esquina de un barrio se juntaron pibes que salieron del colegio o que ya lo habían abandonado, compraron cerveza y se quedaron cantando canciones acompañados por las palmas y chiflidos hasta que la noche no dio para más.

Que la voz se había ido con el héroe, pero que tuvieron su ritual para encontrarse con las palabras que seguirían hablando por ellos.

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