882. Inocente

8 de mayo de 2026 | Mayo 2026

La fila se estiraba eterna en el predio, tan grande que apenas se veía la civilización a lo lejos, y avanzaba tan lento que algunos decían que habían visto pasar el otoño y ya notaban los primeros brotes de la primavera en las copas de los pocos árboles que tenían cerca. Algunos lloraban, otros se reían para no llorar, pero todos masticaban bronca.

—¡Siguiente! —gritó el hombre del mostrador al final de la fila, debajo de un gazebo que lo cubría del sol, disfrazado del Tío Sam, con un atuendo más chico que su talle. Mechones de pelo alborotado se le escapaban debajo del ala del sombrero. 

Un soldado empujó a un anciano, el primero de la fila, para que se acercara al mostrador.

—Confiese —ordenó el hombre del mostrador con una sonrisa sádica, sentado en una banqueta que parecía incomodarle la postura. Al ver que no obtenía respuesta, insistió: — Mire que… si no me contesta… O sea, es peor para usted.

—Pero si yo no hice nada —contestó el anciano que miraba por detrás del sombrero a varios soldados con fusiles, a punto de ejecutar a un hombre que, a sus espaldas, tenía una carretilla. “Fuego”, escuchó a lo lejos, y luego disparos, que no vio por haberse cubierto sus ojos con una mano.

El cuerpo cayó en la carretilla y un soldado la cargó hasta descartarlo en una montaña de cadáveres que yacían al fondo.

—Ah, ¿no? —se burló el del mostrador—. Dígame, ¿de qué vive?

—Soy… Soy jubilado —dudó el anciano sobre su confesión.

—¿Y, digamos, eso no le parece robarles a los demás argentinos que tienen que pagarle mientras usted se queda rascándose las pelotas mirando la tele? ¿Quitándole el futuro a los chicos que todavía ni siquiera nacieron porque van a vivir en un Estado pobre por su culpa?

—Pero yo trabajé toda mi vida —se encogió de hombros el anciano.

—¡Culpable! —sentenció el del mostrador—. Llévenlo con el pelotón.

—Disculpe, señor —se acercó un soldado—. No tenemos más municiones.

—Bueno, denle piñas o palazos o déjenlo atado para que se muera de hambre, no me importa —contestó, ofuscado, el señor—. ¡Siguiente!

Se acercó una niña en silla de ruedas con atrofia muscular en las piernas que tenían el ancho de dos escarbadientes.

—Señor, yo… —empezó la niña con una voz aguda.

—¡Culpable! Para el fondo, vamos.

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