Espero y no llueve. Ya van dos semanas sin lluvia y dos días sin agua. Miro el cielo, rezo, por las dudas, para que algo potable aparezca. Y no. El nene llora, quiere agua o teta y no hay nada para darle. El agua se terminó ayer, y la teta… El río, que tenía no sé cuántos metros de ancho, ahora no existe más. Al menos acá, en el pueblo. Dicen que lo poco que tiene de agua se acaba a cientos de kilómetros.
“Para vivir como vives, mejor no llegar a viejo”, le cité la zamba un día a Hernán, cuando esto había arrancado. No se lo dije en serio, pero él se lo tomó como si fuera lo que había que hacer. “No les quiero sacar agua a vos y a Feliciano”, dijo, y no llegué a frenarlo.
Cómo llora, Dios mío. Me da envidia Hernán que, a pesar de todo, pudo zafar de esto. Deben estar todavía sus huesos en el campo. Lo sacamos a la rastra con el vecino, que también terminó haciendo lo mismo que él, y ahora su señora me odia, como si yo tuviera la culpa.
Me dejó sola con el nene, que por suerte no habla todavía, y espero que no aprenda hasta que se resuelva este tema, por lo menos. Pero él sigue llorando y yo le digo que no, que se deshidrata así. Y sigue.
Ya no gatea. Como si no supiera más cómo se hace, o le pesara mucho la cabeza, una cosa así. Caminar, menos todavía. Ya no intento enseñarle. Y no le hablo mucho tampoco.
Es que a mí ya se me parte la cabeza. No para nunca de llorar y la paciencia para hacerle upa… también la fuerza. Se me van. O se fueron.
Me acuerdo el día del parto, que fue el mismo día que el gobierno recomendó empezar a juntar agua de lluvia, y ahí nos enteramos de que, en realidad, no era más potable. Como un último recurso.
Hernán cavó un pozo en el fondo de casa, como para armar un aljibe. Chiquito. Quedó más como un piletón profundo que un aljibe. Pero nos salvó. A mí y al nene, al menos, por ahora.
Y yo ahora me la gasté toda. La semana pasada bañé al nene cuando las nubes estaban tan oscuras que no podía pasar otra cosa más que una lluvia. Y se fueron mientras yo me tiraba de los pelos, llorando seco.
Pero tomar el agua que quedó de bañarlo es un riesgo. Ya me pasó que tuve diarrea, dolor de panza, deshidratación. Y ahí me salvaron los vecinos cuando todavía la gente se ayudaba.
Es que si dejara de llorar, por lo menos podría pensar otra idea, pendejo de mierda. Ya la ciudad la intenté y no funcionó nada. Ya nadie compra con agua. Ni el que tiene mucha ni el que tiene poca. Al menos, no a mí.
Ese refuerzo que iban a mandar desde Buenos Aires, no sé, pero al pueblo no llegó. Cada vez somos menos y… Paró. Paró de llorar. Menos mal.

