—¡Ja! Mirá, Alejandra. Le votaron a favor lo de los desalojos —festejó Julio, sentado a la mesita de la cocina, mientras desayunaba un café con el veneno de una noticia en la pantalla—. ¿Sabés cómo lo voy a agarrar al hijo de puta de Pablo ahora? Bah, falta diputados todavía…
—¿Qué Pablo? —preguntó Alejandra, que recién terminaba de lavar el plato y la taza que había usado para su desayuno.
—El inquilino. ¿Quién va a ser?
—¿Lo querés echar? ¿Pasó algo? —se preocupó Alejandra.
—Que sale la ley. Unas ganas de mandarlo a la mierda a ese hijo de puta… — Julio se mordió el labio inferior y negó con la cabeza.
—¿No paga siempre en plazo? —dudó Alejandra.
—Sí, bueno. Salvo ese mes que…
—Hace dos años fue eso, con el contrato viejo —lo interrumpió Alejandra—. ¿Por qué lo querés echar?
—¿Te acordás lo que contó Héctor del conocido del primo que se le había quedado en la casa? Yo no pienso bancarme a este sorete adentro de mi departamento —masculló Julio.
—Julio, si el tipo paga lo que… —empezó Alejandra con un timbre más agudo, ya en queja— Además cumple con esas pelotudeces que le agregaste de controlar el estado del departamento cada dos meses cuando renovó el contrato.
—¿Y? —contestó Julio, despectivo.
—¿Vos te pensás que mucha gente quiere vivir en ese dos ambientes húmedo, oscuro y mal ubicado? —agitó un brazo delante de ella; el otro, en jarra.
—Montón de gente.
Alejandra lo miró en silencio y, más serena, definió:
—Julio, no seas pelotudo que con ese contrato completamos las jubilaciones. Y si querés, para cuando termine el contrato, buscamos a alguien nuevo que te guste más, a pesar de que este chico no generó ni un problema.
—¿Qué? ¿Y no le renovamos?
—Claro.
—¿Estás loca? ¿Cómo no lo voy a renovar ahora que lo voy a poder sacar a patadas en días? —contestó Julio, extasiado.
—Cómo te gusta inventar problemas. Te vas a hacer mal al corazón —dijo Alejandra, resignada, y salió.

