Me desperté y fui al baño, como todas las mañanas. Me senté a hacer pis y, creo que fue ahí, que sentí con la lengua —nunca se queda quieta— un diente flojo. Todavía puedo ver mi imagen en el espejo: el pelo despeinado, con cada vez más canas, la remera verde —con la triste suerte de verse cada vez menos rellena de mi cuerpo—, la bombacha azul.
Apenas metí los dedos en la boca y lo agarré, el diente se salió. Otro más. La sonrisa, que ya era cosa privada a esa altura, algo que yo elegía con quien compartir, directamente decidió desaparecer de mi vida.
Tuve que pelear con el cierre de la mochila, tan falseado que ya ni siquiera cerraba apretándolo. Llegué tarde a la escuela por culpa del cierre y del colectivo.
En la sala de maestros le pregunté al delegado si se sabía algo del aumento. No para ponerme un diente nuevo. Necesitaba para mi vieja: prefería hacer el esfuerzo yo antes que ella. Y para mí también. Para que no se acumularan los intereses.
En la primera hora intenté dar matemática. Imposible. Digo que fue por la dicción desdentada que me costó hablar, pero fue otra cosa. Y los pibes, ni bola. Por suerte, con celulares, así no son ruidosos.
Cuando sonó el timbre, exhalé fuerte y me dejé caer en la silla. Peso muerto, al rincón, un round abajo. Débil.
Decidí comer un bizcochito de emergencia. Los guardaba para más tarde… el almuerzo. Pero ese día, después de haber cenado una empanada la noche anterior, sentí necesario desayunar.
Agarré mi mochila, la puse sobre mis piernas, la abrí con extremo cuidado y busqué el paquete de bizcochitos. Tenía algunos días ya, quedaban pocos y no tan ricos a esa altura. Le saqué la gomita elástica, abrí y saqué dos. Después agarré uno más.
Me metí dos en la boca juntos. Hubiera metido los tres si no fuera por la pastosidad que provocan. Masticaba esa bola de harina cuando se acercó Irina.
—Tomá, seño —me dijo un billete de cien pesos en el escritorio.
—¿Qué es esto, Irina? —empecé perdiendo migas por la boca y terminé tapándomela con una mano mientras me apuraba a tragar.
—Lo manda mi mamá. Dice que le das pena.
—¿Qué cosa le da pena? —pregunté mientras manoteaba la botella de agua, más preocupada en poder hablar normal que en lo que ella decía.
Irina se dio vuelta y salió al patio sin contestar y recién ahí entendí qué estaba hablando de mí.
—¡Qué barata la pena de tu mamá! —grité levantando el billete, sabiendo que ya no me podía escuchar.

