1002. Bajo extraño pabellón

5 de septiembre de 2026 | Septiembre 2026

Ricardo y Claudia se emocionaron cuando la puerta del avión se abrió y sintieron el viento helado que les hacía achinar los ojos aún más que el sol. Acababan de aterrizar en las Malvine Islands, a poco más de dos años desde su recuperación, a pesar de los complicados trámites de visa que se habían impuesto para acceder.

Entraron en el aeropuerto y no vieron cartelería en castellano. Todo, hasta las publicidades del kiosco y las promociones de la cafetería, estaban en inglés, pero no sabían más que un puñado de palabras. Por suerte para ellos, el baño estaba señalizado con imágenes.

No conocían a nadie que hubiera estado ahí, ni en la guerra de 1982, ni en los veintitantos meses posteriores a la recuperación. Era más la victoria del gobierno liberal que apoyaban lo que los hacía inflar el pecho.

—¿Esto es Argentina o qué carajo es? —le preguntó Ricardo a Claudia, un tanto alterado, después de bajarse enojados de un taxi porque el conductor no hablaba castellano y ellos no manejaban ni siquiera el traductor de Google.

—Tranquilo, gordo —le dijo ella y evitó mostrarle a Ricardo que, a sus espaldas, en la entrada del predio, flameaban la bandera argentina y la estadounidense.

Subieron al siguiente taxi. Ricardo saludó con un “hola” de tan mal humor que denotaba su poca esperanzade escuchar su idioma.

—Buenas tardes —saludó el taxista.

—Hablás español, menos mal —sonrió Claudia, aliviada, más por el humor de Ricardo que el suyo.

—Sí, señora, claro. Deme un momentico que… —pidió permiso el taxista en venezolano y miró su celular—. Perfecto, esta vaina, qué maravilla. Ya cobré la asignación universal por hijo. Ahora sí, diga, ¿a dónde vamos?

—¿Cómo asignación? Es para desocupados eso. Y acá nos dijeron que sobra trabajo —se quejó Ricardo.

—Ah, pues… Aquí en las islas esa vaina es general, señor. Igual que el Procrear. Son los dos motivos por los que me vine a vivir aquí: casa y plata. Qué maravilloso país es la Argentina —sonrieron los ojos del taxista en el espejo retrovisor.

—¿No habían cortado el Procrear? —preguntó Claudia.

—Y… no sabría decirle, señora. Que yo sepa, todos los que vinimos a vivir a las Malvine recibimos la asistencia del gobierno, que si no… pues ni veníamos desde Miami. Al menos, mis panas y yo, ya sabe. Con el frío que hace…

—¿Pero no hay trabajo verdadero para que se paguen sus cosas? ¿No sobraba plata acá? —interrogó Ricardo.

—Ah, don, tanto no sé. Recursos, dicen que sí. Pero son de las empresas americanas. Los pobladores, por lo general, usamos la asignación —confesó el taxista.

—Basta. Bajate, Claudia. Nos volvemos.

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