840. Atrevido

26 de marzo de 2026 | Marzo 2026

Ramiro volvió a su casa más temprano de lo que solía hacerlo, con la barba crecida de dejado y las ojeras de preocupación que lo acompañaban hacía meses. Contaba los días igual que los depresivos y los adictos: uno a la vez. El negocio apenas daba para subsistir, aunque ahora con algunas deudas a cuestas y sin empleados.

Selene, su pareja, estaba corriendo en la plaza del barrio con una amiga. Juntas habían abandonado el gimnasio como para ahorrar gastos. Ramiro se alegró porque, al menos esa tarde, no tenía que responder cómo le había ido.

Dejó la billetera y las llaves del auto en el mueble de la entrada y caminó hacia su pieza para cambiarse. En el pasillo empezó a escuchar una voz que no conocía, que casi gritaba.

Cuando pasó por la puerta de la pieza de su hijo Lisandro, de dieciocho años, escuchó la voz de una mujer que daba órdenes. Entró sin golpear.

—Hola, Licha —saludó asomado desde la puerta, aunque se detuvo más a mirar a la mujer, que casi doblaba en edad a su hijo—. ¿Qué tal? —la saludó.

—Hola, pa —contestó Lisandro que, parado frente a la mujer, balanceaba los brazos por encima de su cabeza a un costado y al otro.

—¡No me desconcentro! No me desconcentro —ordenó la mujer—. Vamos, repetimos: yo voy a ser el presidente.

—Yo voy a ser el presidente —repitió Lisandro, mirándola a ella.

—¿Qué están haciendo? —preguntó Ramiro.

—Ella es Daniela, mi coach energética, pa. Te dije el otro día.

Ramiro lo miró exagerando la sorpresa.

—¡Yo voy a ser…! —insistió Daniela levantando la voz.

—Yo voy a ser el presidente de los argentinos —repitió Lisandro.

—Hijo, ¿qué decís? ¿Qué presidente? ¿Sabés por qué es feriado el 25 de mayo? —preguntó Ramiro.

—Animarse es la mitad —contestó Lisandro—. Yo voy a ser el presidente.

—¡Eso! Animarse es la mitad —alentó Daniela—. Yo voy a ser presidente —repitió el mantra.

—Licha, pero si no sabés de política, ni economía, ni historia. Te la pasás con los jueguitos.

—Animarse es la mitad —repitió Daniela—. Me saco la ropa. Me saco la ropa, me animo —ordenó y Lisandro se empezó a desvestir—. ¡Animarse! ¡Animarse! Vamos.

Ramiro pensó en que si el presidente había llegado ahí, por qué no podría también su hijo, tal cual era. Después se acordó del negocio y, antes de que Lisandro llegara a sacarse los calzones, prefirió ir a tirarse en la cama.

—No le pagues a esta chorra que se anima bastante —llegó a sugerir antes de cerrar la puerta.

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