1028. Justicia popular

30 de septiembre de 2026 | Septiembre 2026

“Justicia es lo que dice la Justicia”. Así aprendí yo de mi abuelo, hombre de leyes, formal a la vieja usanza, de traje hasta en las fiestas, y que había sido dueño de una cuota de poder incalculable, que todos querían y que, decía, le tocaba defender para que no se lo quitaran y, así, seguir siendo él la voz de la Justicia en el país. Y ahora estaba ahí, en esa silla despintada, con la cabeza hundida entre los hombros.

A veces él me llevaba a su despacho. Me gustaba el cuero, la madera, los olores. Y el orden que él imponía. Llegué a verlo gritarle a una empleada por las faltas de ortografía que tenía en una resolución. “Nunca más te vas a olvidar de poner la coma”, y agregó un “estúpida” por lo bajo.

Me acuerdo de la mesa ratona en la que relucían botellas de cristal —el día que dije que eran de vidrio, en la mesa de Navidad, el abuelo me dejó como un estúpido delante de toda la familia—, con whisky, coñac y ron para los invitados importantes, de reuniones a puertas cerradas.

Gracias a él yo había entrado a la Justicia, a la gran familia. Una jaula de oro donde toca obedecer al de arriba. Y como para estar arriba de los demás, estudié derecho algunos años.

A los veinte me di cuenta de que no era lo mío y abandoné la carrera. Como castigo me sacaron del juzgado en el que trabajaba y me mandaron a una oficina administrativa, con gente de apellido ilustre y muy pocas luces. Los hermanos ocultos de cada familia que había tenido el poder.

Desde ahí empecé a entender más cómo funcionaba todo en esos pasillos y también en mi familia. Cada tanto iba a visitar a mi abuelo y me frenaban en la puerta: “no te puede atender, está con gente”. Después me enteraba de qué gente se trataba.

Por eso la plaza estaba llena. No había lugar adentro como para un juicio tan importante, que todo el mundo quería ver. Mi abuelo estaba en el medio de los tres acusados. Solamente uno de ellos miraba hacia arriba. Los otros dos estaban abatidos.

—Queridos compatriotas —saludó el juez—. No hace falta leer los fundamentos de nuestra sentencia, a esta altura, de público conocimiento. Este Tribunal revolucionario oyó la palabra de los acusados, de los acusadores y de todo miembro del pueblo que quiso expresarse…

Mi posición era privilegiada: entre mi abuelo y yo no había más que metros de aire. Vi que levantó la cabeza para mirarme, achinó los ojos (supongo que para verme mejor), y estoy seguro de que balbuceó un insulto.

—Siendo así, en este acto, el Tribunal resuelve: condenar por el delito de traición a la patria a los acusados Horacio Rosatti, Carlos Fernando Rosenkrantz y Ricardo Luis Lorenzetti a la pena de muerte por fusilamiento, a ejecutarse inmediatamente.

Estalló un festejo alrededor. Algunos compañeros se encargaron de levantar a los condenados de las sillas. Nos formamos frente a ellos, yo levanté mi fusil, apunté al abuelo, “justicia es lo que dice la justicia”, y tiré.

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