Natalia recorría los pasillos del supermercado entre personas, cajas de mercadería y repositores que estaban parados al costado de las góndolas, listos para reponer los productos que faltaban a cambio de propinas que les daban los clientes. Sin la propina, esperarían hasta que terminara el horario de las promociones, que iba a de tres a cinco de la tarde, jueves por medio.
Ella tenía la suerte de vivir sola y necesitar poco para su supervivencia. Podía andar con un canasto en lugar de uno de esos changuitos que, a veces, sufrían embotellamientos en los pasillos del supermercado y tardaban horas hasta destrabarse.
Las góndolas de las carnes y la verdura empaquetada eran imposibles: solamente los que llegaban a las tres podían aprovecharlas.
Las transitables eran las demás: pasó por la de huevos y tuvo que pagarle propina al repositor para que pusiera una docena en su góndola. De ahí fue directo al sector de los octógonos negros, que ocupaban dos tercios del supermercado.
Pasó por las harinas, las galletitas, los snacks, los dulces y después llegó, fingiendo no quererlo, a la góndola de los plásticos comestibles. Cada vez escuchaba más sobre lo coloridos, ricos y baratos que eran. Ella se negaba a aceptarlos.
Hasta ese día. Ahí estaban los discos violetas, anaranjados y verdes que, con un minuto de hervor, eran mejores que un plato de pastas. También los sachets de líquidos plateaados y dorados, entre tantos otros productos.
Eligió algunos casi a escondidas, asegurándose de que a sus costados no hubiese empleados de la empresa con menor jerarquía que ella.
Como había cobrado el aguinaldo, Natalia pensó que, a lo mejor, podía darse el gusto de llevar carne de vaca. Desistió cuando, a tres pasillos de distancia, vio la cantidad de gente que quería se proponía buscar carne.
Natalia escaneó en una máquina todos sus productos, pagó con el celular y salió a la calle. Caminó un par de cuadras entre vendedores ambulantes que se agolpaban para ofrecer todo tipo de cosas, desde chucherías hasta animales.
Caminó algunas cuadras asegurándose de que nadie la viera, y llegó hasta la feria negra: cuadras de puestos en las veredas y calles donde se vendía, entre otras cosas, carne que no era de animales de campo.
Había perros, gatos, ratas, peces y demás. Tanto muertos como vivos, que eran más baratos. Ahí encontró el puesto que buscaba: el de tela a rayas negras y blancas.
Arriba del mostrador tenía perros faenados. Abajo, cuando corría la tela, exhibía una jaula llena de niños y niñas de entre meses y algunos pocos años de vida. Eligió uno de ellos y, todavía vivo, se lo llevó a su casa atado, dentro de una bolsa de arpillera contenta con la cena que le esperaba.

