—Este es el mío, chorro, hijo de puta —le gritó Mario, de cuarenta y ocho años de edad y diez de vivir en la calle, a Ulises, de treinta y dos de edad y dos años de calle, después de empujarlo y tironearle el cartón sobre el que se había acostado, en la vereda de una calle porteña.
Unos metros más allá, Silvina, de treinta y cinco, los miraba un tanto distante, sentada arriba de una campera que servía de abrigo en invierno y lona en verano. Los tres aparentaban varios años más de los que tenían.
—¿Qué va a ser tuyo, negro de mierda? —contestó Ulises que se levantó para pelearle—. Si los tuyos están todos meados.
—¿Sos guapo, pendejo? Vení, a ver cuánto me durás.
—A ver, por favor, paren un poco —dijo un hombre de camisa y anteojos de sol que paró adelante de ellos para separarlos, con sus palabras y los brazos abiertos, pero sin tocarlos—. Quiero ofrecerles un trabajo.
Mario y Ulises, quizás sorprendidos por recibir palabras de una persona de otra clase, interrumpieron su pelea y lo miraron.
—Se me jodió de la espalda un bachero en el local acá en la esquina y necesito alguien que me baje mercadería y lave platos dos días —ofreció el señor—. ¿Por cuánto lo hacen?
—Yo por cuarenta mil lo hago —intentó Ulises.
—Ja —se burló Mario—. Yo lo hago por treinta.
—Muy caros, muchachos.
—Veinte —dijo Ulises.
—Dieciocho —contestó Mario.—Diecisiete —ofertó Ulises.—Quince —contraofertó Mario.
—Disculpe —apareció Silvina a un costado—. Yo lo hago por una milanesa por día, así sola, con tal de cagar a estos hijos de puta que me sacaron mis cartones.
—Perfecto, vení vos —dijo el hombre y volvió caminando hacia el restorán, seguido por Silvina.

