Román se había quedado sin trabajo en la fábrica cuando faltaba apenas un mes para que Tatiana, su pareja, tuviera a su segundo hijo. Desesperado, empezó a buscar trabajo, pero la cosa estaba muy difícil. Así que, gracias a que su Instagram le ofrecía todo el tiempo comida, decidió empezar a cocinar para vender.
Armaba viandas y salía a venderlas en los comercios de Flores, donde tenía bastantes clientes porque su comida era barata y rica. Román reducía su ganancia y producía en mucha cantidad, como para poder pelear el precio.
Vivian con lo justo, en una tensa paz mientras buscaban la alegría en su hijo recién nacido que, por suerte, no demandaba tanto, o al menos, no lloraba horas de corrido como el primero.
El día que Román se enteró, en un local de ropa de Avenida Avellaneda, de que el régimen de subsidios y tarifas iba a cambiar y que, seguramente, le sacarían el subsidio, tuvo un brote.
Cruzó mal la calle, entre distraído y perturbado y un taxi casi lo atropella. Se carajearon un par de veces y, en cuanto el taxista bajó, empezaron a las trompadas.
Cuando llegó a su casa, con un ojo morado, Román no podía pensar en otra cosa más que en cómo afinar los escasos márgenes de ganancia que obtenía. No encontró la solución.
A la mañana siguiente, Tatiana se fue con los chicos a visitar a la abuela. Román, mientras picaba cebolla, pensaba qué dedo podía sobrarle para garantizarse un certificado de discapacidad que le retuviera los subsidios.
El meñique era el más fácil, pero no quería hacer un trámite y luego enterarse de que para el gobierno, el meñique no generaba la discapacidad suficiente. Los pulgares tampoco: cocinar sin ellos es prácticamente imposible.
El índice izquierdo fue el elegido. Clavó la cuchilla casi sin detenerse a pensar, como si se tratara de una zanahoria, y con un movimiento, logró desprenderlo de su mano.

