—Señora, ¿tiene algo para dar? —preguntó un hombre de unos cincuenta años, tirado sobre un cartón que no medía más de un metro, vestido con un pulóver derruído, color azul ennegrecido por la mugre de la vereda. Tenía un cartel a un costado que pedía “ayuda, por favor”, escrito en rojo, con una letra un tanto despareja.
Emilia lo ignoró con el oído al mismo tiempo que su cuerpo apuraba el paso y obligaba a Gala a correr con sus zapatillas de luces y velcro; ella todavía no sabía atarse los cordones.
Gala, al igual que su madre, advirtió la presencia del indigente, pero en lugar de decidir ignrorarlo, ella lo miró incluso varios metros después de habelo pasado y a pesar de no ver lo que venía por delante en su camino.
Hasta que se llevó puesto el carrito de una señora que hacía su pedido en la puerta de una verdulería pequeña, tanto que los clientes apenas si entraban.
—¡Gala! ¿Podés prestar atención, por favor? —la retó Emilia antes de que la señora se quejara.
—Mami —contestó Gala sin obedecer—. ¿Nosotros somos como ese señor?
—Nosotras, Gala. Nosotras. Somos mujeres, se dice con la “a” —dijo Emilia, todavía en tono de reto, sin mirarla mientras la tironeaba de la mano para alejarse de la señora del carrito.
—¿Nosotras somos como ese señor? —repitió Gala.
—¿Qué señor, Gala? ¿Qué hablás? —preguntó Emilia mientras esquivaba gente en la avenida.
—El que estaba sentado ahí atrás.
—Ay, no, nena —se indignó Emilia—. ¿Por qué decís eso?
—Porque no nos dieron la carne en la carnicería —contestó Gala.
—Pero eso es porque no tenía yo para pagar —dijo Emilia y recién ahí la miró.
—Porque somos pobres.
Emilia se frenó y la miró.
—¿De dónde sacaste eso? —preguntó con una mueca de enojo.
—¿No es lo que le pasa a la gente que se queda sin trabajo? —preguntó Gala, dudando.
—Gala. Escuchame bien. El señor de ahí atrás sí es pobre. Nosotras no.
—¿Por qué?
—Porque vive en la calle. Y nosotras vivimos en un departamento. No importa que no me alcance para la carne picada —explicó Emilia y retomó el paso.
—¿Entonces no nos va a pasar eso? —preguntó Gala.
Emilia la ignoró.

