774. Ecosoluciones

30 de enero de 2026 | Enero 2026

Álvarez esperó en la mesa de entradas del juzgado, nervioso, en una silla que le habían prestado. No estaba acostumbrado a esperar y, pasados cinco minutos desde anunciarse, preguntó a los empleados del juzgado cuánto faltaba para que lo recibiera “su señoría”, latiguillo que usó por consejo de sus abogados, que no podían acompañarlo a esa entrevista.

Cuando finalmente lo hicieron pasar y conoció el juzgado por dentro, le resultó mucho más marginal de lo que esperaba: a falta de cortinas, las ventanas estaban tapadas con cartulinas, los empleados parecían tristes y antihegemónicos, y el olor, mezcla de comida y cuerpos, era desagradable.

—Buenos días —lo saludó el juez Dávila en la puerta de su despacho—. Pase, por favor. ¡Brenda! Traé dos cafés por favor —después, una vez adentro del despacho, se relajó y sonrió—. Tome asiento, por favor.

—Un gusto, su señoría —Álvarez repitió el latiguillo.

—Se imaginará por qué lo convoqué acá —sugirió el juez.

—Me dijeron mis abogados que es por el accidente de la semana pasada que… —empezó a contestar Álvarez y frenó sus palabras cuando entró la empleada a servirles el café.

—Muchas gracias, Brenda —sonrió Dávila—. Sí, es por lo del… accidente —marcó la palabra en otro tono.

—Me imagino que si usted me convoca en este marco es porque podemos llegar a buscar alguna solución —dijo Álvarez, fingiendo naturalidad.

—De alguna manera, sí. Y le aclaro que lo hago únicamente porque es usted y por lo importante que es la empresa. Pero, la verdad, está complicado —Dávila terminó de hablar con los ojos cerrados y los labios escondidos en su boca.

—No creo que tanto —Álvarez sonrió forzado y se llevó la taza a la boca.

—Por mucho menos hay gente presa hace años. Incluso confirmado por la Corte —asintió Dávila—. Es que con esta nueva figura está más complicado. El gobernador mismo la impulsó. Y ahora me pidió a mí que lo recibiera a usted para llegar a alguna solución.

—¿Usted considera meterme preso? —preguntó Álvarez, algo asustado, con las manos inquietas.

—Mire Álvarez, hasta ahora le acepté el uso del término “accidente”, pero usted es responsable de un desastre ecológica. Destruyó ecosistemas enteros en la provincia. Y tengo suficientes pruebas de que la orden fue suya.

Álvarez lo miró en silencio.

—Vamos a hacer lo siguiente: usted me va a dar el nombre del empleado que estaba a cargo de esa operación, que él sí va a pasar unos años preso, seguramente. Y yo me encargo de liberarlo a usted. A cambio, espero que tenga un buen gesto para conmigo —dijo el juez y le pasó un papel que ya tenía la cifra escrita desde antes de que entrara Álvarez al despacho.

—Perfecto —asintió Álvarez y se relajó.

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