La llegada de Damián al mundo había sido una sorpresa para Alonso y Clementina, que ya estaban resignados después de pasar décadas intentando tener hijos. Después de eso, Clementina no volvió a menstruar. El último tiro había acertado. Y Alonso podía, de una vez por todas, quitarse el apodo de “pólvora mojada” en la fuerza.
Alonso se había amargado la vida cuando pasó de ser policía de la calle a ser policía de escritorio. Se había muerto de depresión sin llegar a retirarse, dejando solo con su madre a un niño de once años.
Años más tarde, un policía que se acordó durante alguna noche de borrachera de que Alonso le había salvado la vida y que tenía un hijo, decidió buscar el contacto con Clementina. Damián, que se había quedado sin trabajo a sus treinta y pocos años, aceptó la propuesta.
—Me voy, ma —anunció con un grito Damián, a pesar de que su madre se encontraba a tres metros, porque su escucha no siempre funcionaba.
—¿Ya te vas, Dami? Pero si llegaste hace media hora —lamentó Clementina que se levantó para ir a saludarlo.
—Tengo que ir a hacer adicionales en Congreso.
—¿Otra vez con los jubilados, hijo? —preguntó Clementina con las cejas arqueadas—. ¿Por qué vas? No vayas, mejor.
Damián no contestó. Cerró los ojos y respiró profundo mientras se balanceaba apenas sobre sus pies.
—Te estás durmiendo, Dami, dale. ¿Cuántas horas hiciste?
—Cuarenta y ocho —contestó Damián abriendo los ojos.
—¿Por qué no te quedás y dormís un rato? Después ves lo de las adicionales. Te estás quedando dormido, nene, te van a matar.
—No tengo para pagarte los remedios, mamá. Si no hago adicionales, no llegamos.
—Bueno… Ponete bien el casco, que esos son unos desgraciados… —Clementina levantó una mano a la altura de su cara—. Ojalá dejen de romper las pelotas.
—El día que dejen de romper las pelotas nos vamos a matar por las adicionales. Mejor que sigan yendo, que total a nosotros no nos pasa nada —contestó Damián, bostezando.
—Entonces… Si la ves de nuevo a Norma mandale saludos.
—No puedo, mamá. ¿Querés que le mande saludos mientras le doy un bastonazo?
—Bueno… No sé. No sé, como puedas —dijo Clementina y abrió las manos en el aire.
—Nos vemos después —dijo Damián y salió sin mirarla.

