En aquella época no había caminos, ni métodos eficientes de comunicación. La única manera de lograr un contacto con la aldea vecina era atravesando a pie un escarpado cordón montañoso, tupido de arbustos duros y rasposos. Sin el camino marcado, solamente era posible guiarse con recuerdos ajenos y descripciones de cerros y arroyos.
La sequía de esa temporada traería consigo la escasez de alimentos para el pueblo. Los problemas se veían venir en cuestión de un par de meses y la población alborotada ya empezaba a reclamar que el reparto de lo que había fuera más igualitario.
La familia que lideraba el pueblo y su séquito de aduladores no estaba dispuesta a entregar lo que, según ellos, les correspondía. Al menos, no a cambio de nada.
Entonces Din, el hijo mayor de la familia, se ofreció a buscar ayuda en la aldea vecina. No a buscar los alimentos en sí, sino la técnica con la que en aquellos lugares se mantenían a flote las jerarquías en un ambiente mucho más hostil, acostumbrado a las sequías.
Din reunió una comitiva de cinco hombres que lo acompañaban. Llevaban consigo obsequios y productos para intercambiar y ofrecer a cambio de hospitalidad.
Ni bien llegaron, se sorprendieron al econtrar un lugar mucho más rico del que esperaban, y que contrastaba con la humildad de la mayoría de sus pobladores, que andaban con algún harapo puesto y cuyas viviendas se advertían derruídas.
Din y su comitiva fueron recibidos con los más lujosos honores y manjares del lugar. Pasaron una semana de palceres en continuado, siempre bien servidos.
Cuando Din pidió el consejo por el que había ido, la respuesta fue sencilla: debía exigir sacrificio a cambio de un futuro glorioso que llegaría el año siguiente. Y luego el año siguiente. Y así hasta que la costumbre limara las expectativas y exigencias.

