Eduardo Achával abrió la puerta de la cochera y, en lugar de encontrar su camioneta BMW, había un auto de alta gama de marca Volkswagen, similar al que había tenido antes. Subió, arrancó y salió a manejar por las calles de Acassuso directamente hacia la fábrica. Pero algo no se sentía bien.
En la avenida la gente se veía más feliz que de cosutmbre. La señora que levantaba la persiana de la panadería saludó amable al señor que acababa de dormir en la vereda y le sacó una bolsa con pan y facturas.
Vio a dos hombres que se saludaron en la parada del colectivo y uno le mostró a otro que tenía un celular nuevo. El pibe del semáforo, que le hacía reír porque no le salían los malabares, no estaba.
Llegó a la fábrica y, en su trayecto cabizbajo hacia la oficina, en la que acostumbraba a ignorar las miradas de sus empleados, recibió saludos afectuosos. Eduardo frenó y contestó a los que lo saludaban.
Llegó a su oficina y se acomodó. A los cinco minutos, entró Milagros, su hija.
—Buen día, pa.
—¿Mili? ¿Qué hacés acá?
—Nada —contestó ella después de saludarlo—. Me contrataste para que te ayude con las cuestiones de contabilidad.
—¿Trabajando? ¿Para mí? ¿Y tu marca? —preguntó Eduardo y se molestó porque desde abajo llegaban risas de los operarios.
—Papi, ya arreglamos cómo era todo. Mirá, acá están los balances. Este mes sugiero que vendamos algunos dólares para costear las cargas sociales, y total el mes que viene reactiva la construcción y recuperamos holgados —sugirió ella.
—¿Cómo vender? —preguntó Eduardo, sentado incómodo, con la espalda lejos del respaldo, un codo en ángulo recto y esa mano apretando el apoyabrazos del sillón de escritorio—. ¿Qué cargas…? ¿Qué decís, nena?
—¿No te parece? Si no, sacar un préstamo en pesos, puede ser, para curbir.
—¿Con esta tasa? —preguntó Eduardo, alterado y de nuevo perturbado por las risas de sus empleados.
—Están al diez por ciento— contestó Milagros.
—¿Desde cuándo? Pero, momentito: además de que estés trabajando, que te aclaro que me parece mal, ¿cómo que cargas sociales? No pagamos más eso nosotros. Ya los echamos a todos los blancos.
—¿Te volviste loco? Bajaría mucho la productividad. Y ni hablar que hay que pagar indemnizaciones.
—¡No! —se sobresaltó Eduardo en lo oscuro de su habitación. Todavía agitado, bajó a la cochera y ahí vio su camioneta BMW nueva y, desde la ventana, que un ex empleado de su fábrica se metía en un contenedor de basura.

