Jony salió del penal a la mañana con una resaca fenomenal: sus amigos habían armado una fiesta por su despedida en el pabellón y él se había tomado cuatro cajas de vino y dos latas de cerveza. Algunas de las cajas estuvieron cargadas de pastillas. Para las cinco de la mañana, Jony ni siquiera recordaba su nombre de lo puesto que estaba.
Respiró y sintió que el aire afuera era distinto: le bañó la cara un perfume de flores que nunca llegaba al otro lado del muro. Llegó el Renault 12 de César, amigo de un primo suyo que había acabado siendo sido su compañero de andanzas la noche que lo agarraron saliendo de una casa ajena.
—¿Qué onda, perrito? ¡Estás afuera, papá! —le gritó César mientras Jony abría la puerta del auto.
—Ya estamos, amigo, no entiendo nada —contestó Jony.
—Sí, te vi cruzando para acá sin mirar, casi te come la camioneta. Pero es normal, a todos nos pasa cuando salimos. ¿Qué onda ese corte? Te queda piola, eh.
—¿Decís? —preguntó Jony y se frotó la cabeza con las manos.
—Parecés más picante —elogió César y arrancó—. ¿Qué onda? ¿Te llevo a lo de tu vieja o vamos a tomar una birra? Vos se ve que arrancaste sin mí, largás una baranda a vino.
—Sí, amigo, ayer me gasté todo lo que tenía para salir. Estoy seco —dijo Jony y se tiró para atrás.
—¿A lo de tu vieja, entonces?
—Una paja, pero sí. Voy a tener que agarrar laburo rápido. Esta semana lo voy a ver al Gordo.
—¿Mosquera? —preguntó César y lo miró.
—Sí.
—No lo tiene más. Le levantaron el desarmadero porque se pudrió con la gorra. Le cagó guita, pero no entendí quién a quién. Andaba buscando un lugar nuevo, pero por ahora no hay nada.
—Me jodés, boludo. ¿Y ahora qué chota hago?
—Y te queda la calle. O pizzerías, bares. Yo estoy haciendo esa con unos amigos míos. Y, si no, gilada.
—No. Esos le cagan la vida a la gente —contestó Jony.
—No como nosotros, que la ayudamos —se rio César.
—Me entendés, gato —Jony le cortó el chiste—. Bueno, meteme en una de la pizzería. O salgamos un día a cazar giles.
—Más vale, amigo. Algo vamos a encontrar.

