Renata había ido a votar con sus dos hijos, cada uno agarrado de una mano, porque no tenía con quién dejarlos y, en definitiva, la escuela le quedaba cerca de su casa. Después de hacer la fila en el patio al rayo del sol, las autoridades de mesa le permitieron acercarse al pedazo de sombra que los cubría. Le pasó su documento a la presidenta y ella anunció a los demás:
—Renata Aguilar.
Las cuatro personas de la mesa empezaron a buscar en el padrón y una fiscal, la primera que la encontró, le señaló algo en su padrón a la presidenta.
—A ver. Número 237. Sí, tengo lo mismo —dijo la presidenta—. Señora usted ya votó.
—No, yo no… debe haber un error —contestó Renata.
—¿Usted cobra planes? —preguntó la presidenta.
—Sí, tengo —contestó Renata.
—¿Y puede ser que no trabajó en blanco este año? —achinó los ojos la presidenta que la miraba agachando la cabeza.
—Hice costura, pero en blanco no.
—¿Y los cursos de capacitación los hizo? —preguntó la presidenta y dejó colgada la mandíbula.
—¿Qué cursos? —preguntó Renata, sin entender.
—Tiene que hacer los cursos de capacitación. Si no, su voto se computa al gobierno.
—¿A éstos? —Renata señaló al cielo con su mano derecha.
—Sí, al gobierno —contestó otro de los de la mesa—. Siguiente —llamó a la persona que venía detrás en la fila, y le recibió el documento.
—¿Y pero cómo puedo hacer? —preguntó Renata.
—Te tenés que anotar en los cursos —resolvió la presidenta de mesa, que pasó a tutearla.
—¿Y llego a anotarme y…? —intentó Renata.
—No, hoy ya está.
—Jroge Alcántara, número 315 —anunció el otro.
—Tome señor —le dijo la presidenta de mesa al hombre que entraba a votar mientras le daba un sobre.
—Pero yo no quería votar a estos —se quejó Renata.
—Mirá, no sé, la verdad. Fijate, creo que a uno que devolvió todo lo que cobró le dejaron votar —contestó la presidenta de mesa mirando a un costado y levantando una mano—. Pero no sé, eso dicen. Tenés que hablar con uno de camisa blanca que andaba por ahí.
—¿Por allá? —preguntó Renata y señaló un patio enorme con un montón de puertas y dos pasillos que salían de él.
—Sí, por ahí andaba. Si te dice que sí, que venga y me avise —ordenó la presidenta de mesa.

