Por haber conseguido un trabajo, el año anterior no había tenido vacaciones, así que me preparé bien para tener una buena quincena en la costa, en lo que eran mis primeras vacaciones sin mi familia ni amigas (en realidad, solo una vez me había ido con mi grupo del colegio) y, en cambio, era la primera convivencia, aunque fuera por solo quince días, con Augusto, mi novio.
Alquilamos un departamento en Ostende. Dos ambientes, tranquilo, cómodo. Como quedaba un poco lejos de la playa, Agu le pidió a su papá prestado el auto. Yo le saqué a mis viejos unas reposeras, y para Navidad pedí una sombrilla.
Los primeros dos días estuvieron geniales en todo: clima, playa, comida, amor. Era la felicidad completa. Al tercero, todo se fue a pique:
Yo no estaba tan segura de dejar las cosas solas en la playa, pero Agu dijo que no pasaba nada, le pedíamos a los que estaban al lado y listo. Así que nos fuimos jugar y refrescar al mar un rato.
Cuando volvimos, no estaban nuestros celulares. Los vecinos nos dijeron que no vieron a nadie, pero también habían ido a comprar al parador y habían dejado a su hijo de doce ahí con las cosas. Nos recomendaron ir a la comisaría a hacer la denuncia y fuimos.
—Buenas tardes. Queríamos denunciar el robo de dos celulares en la playa hoy —arrancó Agu.
—Dame un minuto —contestó la policía que atendía y nos dejó colgados como veinte minutos la forra, mientras no sé qué hacía—. Sí, decime. ¿Altura de la playa?
—Puerto Ostende —contesté yo.
—A ver, vengan conmigo —nos dijo la mina.
La seguimos por un pasillo hasta que llegamos a un calabozo chiquito donde estaban encerrados un montón de viejos. Viejos en serio. Con más pelo en las orejas y el pecho que la cabeza, encorvados. Algunos sin remera, en malla, con un calor y un olor densos que se escurría para afuera desde los barrotes.
—¿Fue alguno de éstos? —preguntó la policía.
Y yo los miraba a los viejos que parecían secuestrados de una clase de aquagym clandestina y no reconocía a ninguno, ni siquiera de haber estado cerca nuestro ahí en la playa. Estaba a punto de decir que no y Augusto dice:
—Sí, aquel de ahí. El de malla celeste —y lo veo reirse mientras el viejo miraba con cara de “¿yo qué?”.
—Ordóñez —llamó la policía a un compañero y al instante apareció otro policía que traía el buche lleno de pan dulce—. Llevate a este para el fondo —le dice.
Sin dejar de masticar, el policía entró, le metió un rodillazo en los huevos al viejo, lo cazó de la nuca y se lo llevó mientras le iba pegando patadas y piñas.
—Bueno, chicos, aguarden en la sala que ya vamos a ver si tiene el celular —dijo la policía y nos mandó de nuevo para adelante.
—¿Vos lo viste? —le pregunté a Augusto en la puerta—. ¿Estás seguro de que fue él.
—No, ni idea, pero si está acá algo habrá hecho. Ya fue —contestó él y, esa noche, yo me volví a mi casa.

