Crecí de golpe esa tarde de abril cuando yo tenía ocho años y la familia Gorostiaga llegó a vivir a nuestro barrio. Una zona de casas lindas, gente acomodada y buenos trabajos. Sin riquezas ni lujos. Quizás uno de los pocos barrios donde se podía jugar afuera en la calle y, sin embargo, no lo hacíamos: la casas tenían jardines o patio para jugar. Para el verano, todos tenían algún amigo con pileta.
Los Gorostiaga eran cuatro: Sergio y Fátima eran padres de Irina, de once, y Laureano, de seis. Ese primer día, mis padres nos obligaron a mi hermano y a mí a invitarlos a jugar a casa.
Vinieron esa misma tarde, mientras sus padres acomodaban algunas cosas de la mudanza y cuando Laureano, medio tarado, ya había roto varios adornos mientras quería acomodarlos.
Al principio estuvo todo bien: jugamos, nos divertimos. Y Laureano quedó fascinado con mi trencito. En realidad, era una locomotora nomás, pero en le decíamos trencito.
Era uno de metal que le había pertenecido a mi abuelo cuando era chico, tenía un nivel de detalles que parecía una artesanía más que un juguete. A esa altura, tercera generación, ya estaba un poco chamuscado y le faltaba pintura.
Cerca de la noche, llegaron los Gorostiaga a buscar a sus hijos, y ahí Laureano apareció con el trencito en la mano, se colgó del pantalón de Sergio, su padre, y dijo:
—Este quiero.
—No, Lauro, ese es del chico. Devolvéselo —ordenó.
Mis padres se quedaron hablando un rato con los Gorostiaga en el palier de la casa, hasta que se fueron. Un poco me gustaba Irina, porque era más grande que yo.
Al otro día, veo que la puerta del taller de mi madre —pintora ella— estaba abierta. Me asomé y la vi con mi trencito y un pincel en la mano.
—Vení, Nico —me convocó—. Ayudane a pintarlo así lo dejamos más lindo. Así podamos dárselo a Laureano, ¿te parece?
Yo asentí y entré a pintar el trencito. Pero no entendí del todo la propuesta. Quedó hermoso. Jamás me había invitado a pintarlo.
A la tarde, mi madre se vistió con un vestido al cuerpo y me arrastró de la mano hasta la casa de los Gorostiaga. En una traición infame, ni bien Sergio Gorostiaga abrió la puerta, mi madre anunció:
—Vinimos a traerle este tren de regalo a Laureanito —sonrió y yo, que no quería llorar adelante de otros, menos todavía de nenes más chicos que yo, me tragué las lágrimas hasta la vuelta a casa.
Sergio contestó que su mujer no estaba, pero si igual queríamos pasar.
—Me encantaría —dijo mi madre, en lugar de“nos encantaría”, aunque hubiera mentido.
Y me dejó a solas con Laureano e Irina, y a ella no la volví a ver por media hora más o menos, hasta que apareció, ahora entiendo por qué, despeinada y bajándose el vestido.
—¿Vamos, Nico? Que mamá tiene que hacer cosas.

