Los Sueños Dormidos, un trío de rock que había hecho historia tiempo atrás en la música, se había ausentado de los escenarios durante los últimos años, según habían declarado, para iniciar un nuevo proyecto musical que revolucionaría el mundo y despertaría a las masas del eterno letargo musical que sufrían debido a su ausencia de la escena.
Un jueves a la tarde, cuando nadie lo esperaba, llegó el anuncio: los Sueños prometían una gira mundial que comenzaría en Buenos Aires y ya tenía varias fechas confirmadas en el resto del país.
Las entradas salieron en venta todas el mismo día, a pesar de que la primera fecha y la última —en Tierra del Fuego— tenían más de dos meses de diferencia. Todas se agotaron tan rápido que sorprendió a los propios miembros de la banda.
La primera fecha fue en el estadio de Vélez. Afuera, miles de personas se agolpaban y había estampidas de fanáticos que ingresasaban sin entrada.
Cuando las luces del estadio se apagaron y sonaron los primeros acordes de “Mañana lucharé”, el estadio rebalsado se alborotó; jóvenes y viejos encaraban hacia el escenario bañados en el sudor de diciembre.
El recital fue un éxito a pesar de los desbordes del público. La lista de temas fue breve, pero efectiva: estuvieron los temas que pedía la gente y no sobró ninguno.
Tras casi dos horas de espectáculo, el líder de la banda, Lucio Carrizo, se acercó al micrófono y dijo:
—Hasta acá llegamos. Lamento anunciarles ahora la cancelación de todos los demás recitales. Esta fue nuestra gira “Volveré y seré millones”. ¡Muchas gracias a todos por seguir bancándonos! Nos vemos en unos años.
El público no entendía si era un chiste o qué. De cualquier manera, de ser ciertas sus palabras, al menos habían tenido la chance de ver el último recital de la gira.
Por otro lado, los fanáticos del resto del país y de las restantes fechas en la Ciudad de Buenos Aires se sintieron estafados y comenzaron en redes a despotricar contra la banda.
De a poco, se congregaron seguidores de Los Sueños Dormidos en varias esquinas del país a protestar. Y sucedió algo peculiar:
En muchas de ellas terminaron rotas las vidrieras de los comercios y los semáforos. Las paredes pintadas con aerosol y policías heridos. En otras, los seguidores hicieron temas de la banda y los reversionaron, mejorándolos en muchos casos. Y, en la mayoría de las esquinas, los dos escenarios se superponían en una obra de arte tribal inédita.
Fue así que nacieron varias nuevas bandas, que se encargaron de saciar de rock a sus seguidores y terminaron dejando a Los Sueños Dormidos, al margen de la escena.

