Estábamos en Campo de Mayo esa noche, como siempre. Solo que yo, desde el cumpleaños de mi hija, yo estaba como caído. Había viajado a casa a visitarla, pero no pude comprarle nada. Me miró feo. Ya no parecía la nena de papá. Lo opuesto. Después, el resto del día, hablamos normal. Pero yo me quedé dolido cuando volví al comando.
A veces pienso que si no debería pedir la baja. Porque ellas crecen y yo acá ni me entero y al pedo, solo. No alcanza para que vivamos acá. Es mejor con ellas allá, en casa.
Y justo que, al rato de que volví, a las dos semanas, arrancamos con esto de las apuestas en el truco con mis camaradas de la Compañía. Esa semana perdí como en la guerra.
La otra, la que vino después, yo estaba ganándole todo el sueldo, recién cobrado, a Mosquera, que me había boqueado que me iba a dejar pelado y no sé qué más. Y yo me estaba haciendo casi rico por un mes. Le podía comprar algo a mi nena y todo.
Suena el teléfono en nuestra guardia. Voy a atender. Era una de las últimas manos. Pereyra y yo íbamos veintitrés. Mosquera y Gómez iban quince. Les rompíamos el culo.
Yo tenía el siete y el tres de espadas. Pereyra tenía el ancho de basto. Estábamos para ganar envido y truco, cerrar una mano fenomenal.
Me levanto y voy a atender.
—¿Hola? —saludo.
—¿Campo de Mayo? —me pregunta un tipo medio nervioso.
—Sí, hable —contesto haciéndome el serio.
—Me parece que puede estar por suceder un atentado contra el presidente en la residencia y…
—Llame a Quinta de Olivos —le contesté rápido, en la mesa ya había tirado Gómez.
—No, claro, pero estoy llamando y no me contestan…
—¿De dónde me estás llamando? —lo interrumpí y tiré un doce de copa. Levanté las cartas en el aire para asegurarme de que Pereyra cantara el envido.
—De Casa Rosada. Y creo que el atentado está planificado para las diez.
—Y, entonces… Son diez menos diez, ya no llegamos. Tiene que hablar con Quinta de Olivos.
—Pero no atienden —dijo. O una cosa así. Pero yo vi que justo Pereyra tira sin cantar el envido y ahí ya sentí que se me ecapaba el regalo de la nena.
—Llame a Olivos, señor —resolví y corté.
Yo que sabía todo lo demás.

