Lucas subió al escenario, al mismo tiempo que guardaba el papel donde estaba anotada la frase “gracias por hacernos entender lo que vale el esfuerzo”. Caminó unos pasos hasta el presidente, que estaba sentado en una tarima cual rey, se arrodilló ante él y, sin titubear, habló.
El acto era sin sonido. El público no podía oír y se limitó a ver la reacción del presidente, que era bastante parecida ante cada halago que se le daba esa tarde.
La hermana del presidente, parada a un costado, exageraba su alegría con cada frase que los seguidores le decían uno tras otro. De esa manera, ella lo contagiaba al presidente con su falsa sonrisa.
El presidente había tomado dos clases y hasta ensayado las respuestas alegres y amables, para que le saliera lo más natural posible.
Y le salía bien. Eran buenas reacciones, porque su alegría era genuina. Él no se esperaba frases motivacionales y reflexivas. Quizás hubiera festejado con un “gracias por romperle el culo a los kukas”.
Pero esto era demasiado. Era amor popular, y él lo sentía una vez más. Igual que Al Capone o Pablo Escobar. Al menos una parte de su pueblo lo adoraba.
Cuando escuchó la frase de Lucas, el presidente se levantó de su asiento, se lanzó a abrazar al chico de veintidós años. Cuando se despegó de él, tenía los ojos húmedos. El público aplaudió fervoroso.
Lucas salió del escenario por el otro costado. Un hombre de la campaña, al que la hermana del presidente miraba de reojo cada tanto, lo recibió a Lucas con una palmada:
—Bien, nene, la rompiste toda. Acá va lo tuyo —lo felicitó con un fajo de billetes que le depositó en la mano.
—Gracias, maestro —contestó Lucas.
—¿Qué le dijiste? —se animó el organizador. Lucas sonrió.

