Felipe aterrizó en el aeropuerto de Ezeiza de noche, y sin llegar a ver el amanecer en ese lugar, tomó otro vuelo, ahora a El Calafate, el lugar que había elegido como destino para regresar al país, a buscar esa sensación maravillosa que había sentido de adolescente, antes de que su familia fuera a vivir a España por la crisis económica del 2001.
No recordaba tanto de cómo era la Argentina. Apenas hasta los catorce recién cumplidos había vivido aquí, y los siguientes treinta y seis años, afuera, sin jamás volver, ni siquiera esas veces que sus padres cruzaron a visitar o hacer trámites.
La muerte de su padre por un cáncer de próstata le había removido una tripa originaria, forzándolo a una vuelta a sus raíces. A su tierra.
Al amanecer se registró en el hotel. La recepcionista lo miró raro cuando notó que él, que hablaba en madrileño, tenía nacionalidad argentina. Después, le dedicó una sonrisa amable y Felipe se relajó.
Se sorprendió con el poco frío que hacía y con que la gente lo trataba bien y era dada, cuestión que, por algún motivo, él dudaba que sucediera con un expatriado como él.
El día siguiente contrató una excursión al glaciar Perito Moreno, el lugar donde se había sentido diminuto viendo derrumbarse el puente de toneladas de hielo hacia el lago.
Al poco tiempo de ingresar en el sendero, Felipe sintió que la temperatura bajaba de golpe y se abrigó. Unos metros más adelante, mientras escuchaba a la guía, la temperatura volvió a subir y él se abrió el cierre del abrigo.
Observó a un costado y vio una máqiuna negra entre las plantas, escarchada, que largaba viento fresco.
Cuando llegaron a la pasarela contra el lago, a Felipe le pareció que el agua estaba más alta. Levantó la vista y vio el glaciar con su túnel a minutos de desmoronarse.
En un instante se le aceleró el corazón y los ojos se le aguaron. Sintió una conexión con su padre, como si le enviara un mensaje: “es aquí, Feli”.
Con una felicidad nostalgica, vio caer el túnel. Y, apenas un minuto después de que terminaran las burbujas en el agua, vio otra vez ahí el túnel, que volvía a iniciar los minutos finales proceso de derrumbe, cayendo los mismos témpanos de hielo que él había visto recién.
Miró fino y se dio cuenta de que se trataba de una pantalla inmensa de alta tecnología; tanto que sus bordes no se notaban.
Su alegría pasó a furia bastante rápido. Cuando se quejó de que no estaba el glaciar, la administración del Perito Moreno Yamana Gold Park le respondió que sí estaba ahí, detrás de la pantalla, dado que se encontraba en un proceso de reparación y que, a fin de cuentas, a la gente le bastaba con tener una foto que se viera real.
Sintió la bronca en los latidos y volvió a sentir el llamado de su padre.

