Mi padre se caracterizaba por ser un tipo bravo, de los que no aceptan opiniones contrarias a las que él se dedicaba a imponer; al menos, así era en la familia. Tenía, es cierto, alguna habilidad mental que le permitía dar vuelta los razonamientos, desarmarlos y armar uno nuevo sin que su contrincante lo advirtiera.
Esa capacidad le servía para irse de cada fiesta familiar después de birndar con el sagrado caliz de la verdad revelada. Pero, aparte de su vehemencia, había un carácter complicado de llevar.
Si mi mamá le daba el perfil derecho, la amenazaba con cachetearla, casi como si sintiera odio por ese perfil. En cambio, tenía una enorme devoción por el izquierdo. O sabía fingirlo muy bien. Para mí, eran iguales.
Con mis hermanas y conmigo también: siempre tenía un trato distante y utilitario. La única caricia que recuerdo fue una noche en que le alcancé una botella de vino abierta cuando él ya estaba demasiado borracho.
Supongo que por eso no lloramos cuando se fue de casa. Al contrario, diría que se sentía un relajo en el ambiente.
Fue una tarde de abril. La recuerdo como si estuviese pasando en este momento. Me lo crucé en la puerta de casa, cuando él salía. Casi sin mirarme me dijo que se iba a comprar cigarrillos antes de que cerrara el kiosco. Mi papá no fumaba.
Cinco años más tarde, mamá —la única que lo extrañaba, a pesar de que siempre se lo discutíamos—, dijo que papá se había aparecido para decirle que volvería.
Mis hermanas y yo fingimos alegría, solamente por empatizar con la emoción de mamá, que tenía los ojos lagrimeados.
—Pero tiene algunas condiciones —se apuró a aclarar mamá.
—¿Qué quiere? —preguntó Fátima.
—Les digo como me sale —contestó ella y esnifó antes de hablar—. Primero, que le cocinemos lo que quiera, cuando quiera. Segundo, que él pueda ir y venir cuando libremente, sin avisar. Y no poner plata en la casa.
—¿Esa es la tercera? —pregunté yo.
—No, solo la segunda —mamá negó y tragó garganta, porque creo que no había saliva en su boca—. La tercera es que yo me entregue a él cuando se le dé la gana.
Mis hermanas entendieron algo que yo, años menor, no. Yo estaba por decir que bueno, que me daba igual, pero Fátima, la más grande, resolvió:
—Las tres condiciones son para vos, mamá. Sos la única que trabaja y trae plata a la casa. Y, si es por mí, con todo lo que pide, que se vaya a cagar.
Mamá dijo, años más tarde, que gracias a las palabras de Fátima fue que se animó a decirle que prefería que no volviera.

