710. Palabras para cambiar la suerte

24 de noviembre de 2025 | Noviembre 2025

—No va a llover hoy —anunció Lisandro, un poco por presagio pero mucho más por deseo, el día en que festejaba sus catorce años en unas canchas de fútbol bajo un cielo gris, casi negro de tan oscuro, a pesar de ser las tres de la tarde de un sábado. A esa altura, todavía no le gustaba jugar con lluvia.

Daniel, amigo de su padre dueño de un taller mecánico especializado en encontrar problemas que los autos no tenían, lo escuchó y lo miró en silencio unos segundos. Lisandro ni siquiera lo advirtió.

Cuando terminó el cumpleaños, sin caer una sola gota, Daniel lo separó del resto le declaró: “vos sos como yo. Ves más allá”. Le advirtió que se trataba de un poder y le pidió que no lo usara en vano.

Esa semana, a modo de prueba, presagió su resultado en un examen de matemática y acertó. Luego le dijo a un amigo que sentía que ese día iba a besar a la chica que le gustaba. No fue así. Lisandro se convenció de que no había hecho uso de su poder.

Al otro mes, volvió a cruzarse con Daniel, que le sugirió bajarse una aplicación de apuestas deportivas de segundo orden, donde podía hacer buena plata con su habilidad. Y la primera apuesta era regalada. Eso sí: no debía difundirla.

Lisandro entró en la página y empezó a jugar. Ni siquiera podía pronunciar los nombres de los equipos de tercera división del fúbtol afgano. Lo importante era que ganaba, y que cada resultado que él anunciaba, sucedía.

De tan bien que le iba, un día no dudó e hizo una apuesta fuerte. Casi todo adentro, en un partido de básquet de Omán. Perdió. Revoleó cosas en su habitación. Rompió a piñas el teclado que su abuelo le había regalado gastando su jubilación.

La casualidad quiso que Daniel pasara por su casa esa misma tarde a dejarle algo a su padre. Lisandro le comentó que había perdido su poder.

—No, chiquito, tranquilo. Está adentro tuyo. A veces hay que escuchar mejor —lo tranquilizó Daniel—. Mirá. Yo conozco la gente de la página, voy a conseguir que te depositen dos mil dólares. Y te canto una: hoy apostá que el Al-Bashkaar gana 87 a 75.

Lisandro apostó y ganó. La suerte se le renovó y él, agradecido con la vida, reactivó la rueda. Su cuenta creció y él olvidó pagar su deuda.

Unos meses más tarde, la suerte volvió a esquivarlo. Cuando su capital bajó a cero, fue él mismo el que, a escondidas, fue hasta la casa de Dnaiel para pedirle que le consiguiera más crédito.

—Dale, chiquito. Ahora hago que te pongan cinco mil. Escuchá. Apostale al Hurenfuter, que sale cuatro a uno.

—¿Qué deporte es? —preguntó Lisandro.

—Fúbtol, boludo, ¿qué va a ser? Moldavia, cuarta división. Metele todo así levantás.

Lisandro llegó a su casa emocionado. Revisó el ingreso de dólares, hizo la apuesta y se tiró a dormir. Cuando despertó, el partido había terminado en empate. Le costó unas horas más enterarse de que no existía la cuarta división de Moldavia.

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