706. Rodando por ahí

20 de noviembre de 2025 | Noviembre 2025

Hacía calor de verano chaqueño. Si Santino, de diez años, jugaba en el piso con unos muñecos y no estaba corriendo con amigos por el pueblo era por lo insalubre y pesado del ambiente. El piso de cerámica le daba el frío necesario para no sofocarse mientras Yanina, su madre, padecía la siesta volteándose cada cinco minutos para darle al ventilador la parte de su cuerpo que se había transpirado contra el colchón.

Después de un rato, Santino se quedó dormido en el piso, hasta que escuchó movimientos y la voz de su madre que se acercaba:

—Santi, escuchá —le dijo Yanina, ni bien salió de la habitación—. Parece que tu padre por fin la dejó a la cornuda, y se va a venir a vivir acá. Y a que no sabés: dijo que esta vez es para siempre. ¡Tu plan funcionó, hijo! Justo como vos querías.

Santino, todavía algo perdido entre el sueño y la realidad, sonrió abrió los ojos grandes y, como inyectado de adrenalina, se levantó de un salto.

—¿En serio, mami? ¿Para siempre? —le preguntó a Yanina abrazándola, aferrado a su ropa.

—Esperemos que la yegua nunca lo perdone, hijo —contestó Yanina, feliz—. ¡Mirá, ahí llegó! —y señaló a la ventana. Un auto había frenado en la puerta.

La última vez que había visto a Darío, su padre, Santino tenía siete años. Yanina había acusado a “la cornuda” como la culpable de su ausencia.

Santino lo admiraba: Darío era un tipo entrador. No estaba siempre, pero un par de noches cada dos o tres meses aparecía, siempre con algún regalo para él. Era divertido y manejaba un camión enorme con el que lo sacaba a pasear y hasta le dejaba manejar.

La puerta se abrió y entró un tipo mucho más gordo que su padre, con pelo largo y barba. Pero con los mismos borcegos que solía usar su padre, eso sí.

—Hola, nena —saludó a Yanina con un beso—. Acá está el pibe —dijo después y se acercó caminando lento—. Qué grande está.

—¿Viste? Está enorme —contestó Yanina.

Santino buscaba en esa imagen a su padre pero no lograba encontrarlo del todo. Sin embargo, forzaba una sonrisa.

—Así que ahora escribís cartitas, ¿eh? —preguntó Darío y le puso una mano en la mejilla. Santino hizo memoria pero no la recordó: jamás había escrito una carta—. ¿Te gusta andar contando las cosas de tu viejo?

Santino transformó su expresión y Darío le dio una cachetada fuerte. Santino quedó de costado, tomándose la cara.

—Más te vale que Natalia me llame para que vuelva, porque me voy a volver tu peor pesadilla —le dijo Darío al oído.

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