Aunque la comisaría quedaba en Fiorito, tenían hacía décadas convenio con un prostíbulo que quedaba entre Villa Celina y Tapiales gracias a una deuda impagable surgida durante la última dictadura y que, códigos y negocios de por medio, había subsistido hasta estos días. Abigail había entrado a trabajar ahí recomendada por una amiga.
A las pocas semanas se enteró de la leyenda: al parecer, la actual esposa de un ex comisario cesanteado de la fuerza por exceso de violencia institucional había conseguido a su marido trabajando ahí. Decían que lo había conquistado con la boca, en particular, con la lengua.
Generaciones enteras de chicas habían soñado con tener la misma suerte, por eso había disputa cada vez que uno de los mandos de la comisaría asistía al prostíbulo. Y Abigail también empezó a soñar el mismo destino.
Esa noche esperaban darle la bienvenida al nuevo subcomisario, de veintinueve años, que había conseguido el cargo tan joven gracias a contactos de su padre, comisario en otra localidad. Según se decía, no estaba en pareja.
Abigail, debido a su corta trayectoria en el lugar, no habría tenido la fortuna de atenderlo, pero le jugó a su favor que el cliente la eligió debido a su corta edad.
—Es una paleta de marrones este puterío —le dijo el subcomisario a Abigail una vez en la habitación—. Pero vos sos la más blanquita, por eso te elegí —la piropeó.
Dejó la reglamentaria en la mesa, se sacó toda la ropa menos la musculosa blanca.
—A ver, vení, pendeja, chupámela un poco —ordenó y la hizo arrodillar frente a ella.
Abigail empezó, pero su mirada estaba concentrada en el arma. El subcomisario lo notó y le preguntó:
—¿Qué te pasa? ¿Te initimida el fierro?
—Me da curiosidad —contestó ella, mientras lo masturbaba.
El subcomisario se alejó hasta la mesa, le sacó el cargador y se la dio a Abigail.
—Tomá —se la alcanzó—. ¿Nunca viste una?
—Sí, pero nunca tuve una en mis manos —dijo ella mientras la empuñaba.
—Haceme unas poses ahí con el fierro. Yo te saco fotos —dijo el subcomisario y se tiró en la cama a hacer de fotógrafo—. Tenés pinta de nuevita, pendeja. ¿Cuántos años tenés?
—Dieciocho —mintió ella.
—Sí, y yo soy el Papa. Sos linda, eh. Si atendés bien me vas a enamorar —dijo el subcomisario y Abigail sonrió genuina—. A ver, apuntame a mí y te saco una para el recuerdo.
Abigail apuntó al subcomisario. No sabía que había una bala en la recámara y el seguro no estaba puesto.
—¡Pum! —gritó jugando y apretó el gatillo.

