David bajó la persiana de la fábrica con los ojos llenos de lágrimas y una sonrisa genuina, confiada de que era lo mejor para que sus hijos tuvieran el futuro que se merecían. Habían pasado casi setenta años desde que su padre había arrancado la empresa con algo de plata, mucho esfuerzo y un poco de suerte que le había servido para crecer entre la competencia hasta llegar a ser de los más importantes en su rubro.
En el camino a casa dudó: no sabía si era que él no había entendido bien el juego y no había hecho un movimiento a tiempo o, al contrario, si en realidad le convenía a sus hijos un gobierno que protegiera su industria, a pesar de estar en contra de ese concepto.
Disipó la duda con la frase “no vuelven más”, que cada vez sonaba menos convencida en su cabeza. Él mismo había hecho campaña por el presidente y había convencido a casi todos sus empleados.
Llegó a su casa y se puso a mirar Todo Noticias. Por suerte, en la tele confirmaban que él tenía razón:
—Es que la cosa antes no daba para más —aseguró el conductor del noticiero—. Evidentemente no daba, mirá cómo estamos ahora que el gobierno tiene que seguir endeudándose cada vez más, por culpa de los otros. Y también la gente… Se creyó que podía vivir así, como reyes.
David se acordó de ese día que Rodrigo había ido con el celular nuevo al trabajo. “¿Cómo puede ser que este se compre tremendo teléfono con lo que yo le pago y yo ando con esta mierda?”, se había preguntado él, mientras miraba el suyo, comprado medio año antes.
Lo mismo Carla, la administrativa, que se había ido de vacaciones a Brasil cuando él siempre se iba a Pinamar y San Martín de los Andes.
Después de hablar con su corredor de bolsa y asegurarse de que sus inversiones estaban bien cuidadas y dándole los réditos que esperaba, llamó a su amigo Eugenio, hombre de la UIA que respondía a uno de los empresarios más importantes del país.
—David, querido. ¿Cómo te va? —preguntó Eugenio.
—Acá andamos, Euge. No tuve otra solución, al final, tuve que cerrar.
—No me digas —fingió lástima Eugenio.
—Sí, sí. Pero bueno, la vida. Ahora quiero ver si llego a vender rápido las máquinas como para invertir en algo que genere…
—Te entiendo. Antes de que las máquinas se pongan viejas, ¿viste? ¿Y la planta? Porque tengo un desarrollador inmobiliario que… Y vos estás en buena zona.
—Todavía no, prefiero esperar un poco más para eso. Pero las máquinas ya las quiero vender, si tenés alguien para ofrecerle…
—Dale, ya te busco —aseguró Eugenio.
—Che, y esto… El gobierno, digo, todo… Está bien, ¿no? Mi viejo, que ya está gagá, dice que no, que este nos arruina, que antes funcionaba. Yo le digo que no entiende nada de los procesos del desarrollo económico.
—Pero claro, David, querido. No le des bola. Es otra época esta. Sin el trabajo que está haciendo este tipo tampoco se podía crecer. Es así. Ibas a tener las máquinas laburando al pedo.
—Tenés razón, Euge. Bueno, conseguime ahí alguna oferta y las vendo hoy mismo. Te mando un abrazo.

