El hangar de la Fuerza Aérea se había casi vaciado para instalar dos simuladores que, debido a su antigüedad, tenían casi el mismo tamaño que los propios aviones. Estaban cubiertos de polvo traído directamente del depósito donde la empresa Top Aces Corp lo guardaba desde que se lo había comprado a las fuerzas armadas de Estados Unidos.
Michael Sánchez, joven piloto de la US Air Force e hijo de inmigrantes mexicanos, había sido enviado para enseñarle a los argentinos cómo operar el avión. Su habilidad para el caso era que manejaba el español mejor que el inglés.
—Okey, amigos —saludó Michael—. Este es nuestro primer día aprendiendo a volar estos F-16 que utilizarán para atacar los narcos de Venezuela, ¿verdad?
Los seis pilotos argentinos que habían asistido a la formación se rieron y Michael designó a dos de ellos para que se sentaran en los simuladores.
—Bien, ah… Paso uno: encender el simulador —anunció Michael y los pilotos tocaron el único botón verde iluminado. Debieron esperar unos minutos hasta que la máquina estuviera en condiciones de avanzar—. Okey, amigos, bien hecho —felicitó Michael y dudó unos segundos—. Ya regreso.
Michael se alejó unos pasos, buscó algo en su mochila que no encontró y volvió hasta sus aprendices. Se rascó la cabeza mientras revoleaba la mirada por el hangar y siguió:
—Bien, amigos, ahora, deslizamiento del simulador hacia la pista de despegue. Ahora… Eh… Encendido de motores auxiliares.
—Disculpe, sargento —se atrevió, timorato, uno de los que observaba desde afuera del simulador—. ¿No deberían cotejarse los manómetros y tacómetros?
—Ah… ¿No lo hace la computadora? —contestó Michael.
Los pilotos argentinos, acostumbrados a usar aviones Mirage y Pampa tomaron la pregunta en chiste y rieron.
—Disculpen, es que… —Michael, avergonzado, miró el suelo—. Estos aviones dejaron de usarse en America antes de que yo naciera y… La realidad es que olvidé el manual. Temo haberlo dejado en California.
—Sargento, ¿no sabe usar el simulador? —le preguntó otro.
—Oigan, ya sé lo que podemos hacer: descubrámoslo juntos —sonrió Michael—. Aprenderé yo de ustedes y, si algún día visitan California, les invitaré a una BBQ en mi casa. ¿Qué les parece?
Los pilotos argentinos miraron al Capitán Carrera, el de mayor rango entre ellos que, al verlo nervioso a Michael y con un sentimiento de camaradería para con él, aceptó:
—Solamente porque no lo pagué yo —y todos se rieron juntos.

