Todavía me acuerdo el dolor en mis pies, en los dedos más que nada, que era lo que se podía doblar como para que entraran en las zapatillas que, a mis diez años, ya cumplían seguro, dos siendo mi calzado. Mi vieja decía que no, que eso me lo invento yo, y que apretaba los dedos a propósito para hacerme el pobrecito, pero estoy seguro de que no era así.
Ese verano estuvo bravo, en muchos más sentidos que lo que hubiera esperado. No nos habíamos ido de vacaciones porque no teníamos un peso —ni siquiera la escapadita a la casa de la prima de mamá en la costa—, y el calor estaba que mataba.
Como en casa no teníamos aire ni nada y el único ventilador funcionaba cuando tenía ganas, mi vieja nos llevaba todos los días al shopping, que ahí se podía estar porque había aire acondicionado. Sufríamos el infierno del colectivo que nos llevaba al oasis.
La tarde que vino mi amigo Mati a casa a jugar, creo que fue una de las más calurosas de todas. Él tampoco se había ido de vacaciones y creo que su vieja tenía algo que hacer que no podía cuidarlo.
Mi vieja, que siempre quiso quedar bien con los demás, compró la chocolatada y galletitas caras para recibirlo. Pero con el calor que hacía, casi que nos queríamos meter en la heladera todos.
Así que nos fuimos con Mati, mi vieja y mi hermanita al shopping. Esa tarde fuimos en remis: tampoco tenía aire el auto destartalado, pero íbamos sentados con las ventanillas y sin el olor de los demás.
Cuando llegamos, antes de ir a los juegos (la única vez que nos dio plata para eso), el Mati se puso a mirar las zapatillas de una vidriera.
—¿Te gustan las zapas, Mati? —le preguntó mi vieja y yo me acuerdo de que la miré raro.
—Sí, esas son las que le pedí a mi papá —contestó él—. Pasa que ya me están quedando chicas las otras. Y eso que son de marzo.
Mi vieja lo miró en silencio, sonrió y dijo:
—Yo te las regalo, Mati.
—¿Y a mí? —pregunté yo.
—Vos ya tenés, hijo, no jodas —contestó ella, le agarró la mano a Mati y lo llevó, como si fuera su hijo, para adentro del local. Mi hermana y yo los seguimos de atrás.
Yo caminaba mal de las zapatillas que tenía. Gracias que en la escuela nadie —ni yo tampoco— sabía lo que era una geisha, que si no me habrían apodado así.
Al final, mi vieja quedó como una reina con mis amigos y sobre todo con la vieja de Mati, que una semana más tarde, para compensar, me regaló una remerita de mierda que no me gustaba.
Después de que a Mati lo pasaron a buscar, mi vieja me mandó a mí (porque a ella no le daba la cara) a devolver la chocolatada y las galletitas al almacén.

