—Pa, creo que quiero ser político —le había dicho Constantino Hidgalo Casares a su padre Estanislao, una tarde de sol en la quinta en las afueras de Areco, después de haber jugado ambos un partido de tenis que, como siempre, Estanislao había ganado. Constantino tenía veinicuatro años y, hasta ese momento, no había decidido a qué quería dedicar su vida.
—¿En serio, Coti? —preguntó Estanislao quitando los ojos de su celular—. Vos sabés lo que opino de los políticos, pero bueno. Es verdad que sos bueno para eso.
Dos días más tarde, una asesora de imagen de una consultora se presentó en la casa de la familia en Béccar y, después de hacer varias evaluaciones de toda índole, le sugirió:
—Seguro tendrías muy buena imagen porque sos un chico joven, de una familia bien, sabés hablar y comunicarte bien. Me parece que tenés que aprender algunas cuestiones, pero igual te veo con chances. Contame, Constantino, ¿por qué te nació este deseo de ser político?
—No… no sé —contestó él perdiendo la mirada en el piso, con el mentón casi pegado al pecho y la boca torcida—. Me gusta… ser conocido. Poder hacer lo que quiera. Estar con los poderosos.
—Buenísimo. Es exactamente lo que necesita este país. Alguien que tenga aspiraciones importantes —achinó los ojos la asesora.
Constantino sonrió y estuvo a punto de acotar, pero se contuvo.
—Lo que tengo para ofrecerte es una serie de cursos que tendrías que hacer: política, historia argentina, cultura general, oratoria, estética, marketing digital, y bueno, capaz el de red de contactos, aunque con el padre que tenés, ese debe estar cubierto. ¿Te parece bien? —preguntó la asesora y sonrió.
—¿Cuándo empiezo? —preguntó Constantino con determinación y una sonrisa de dientes blanqueados.
—En primer lugar, ya debés saber que hay que pagar. Está la versión de político municipal que te sale veinte mil dólares, la de provincial que está cuarenta mil o la de político nacional que ya hablamos de cien mil dólares para arriba con algunos agregados —dijo la asesora y congeló la sonrisa en su rostro..
—Ah, sí… Más vale. Eh… ¿Por ahí algunas cosas las podemos sacar? Mi tío es diputado y un amigo de papá es intendente, capaz que…
—Nuestro lema es “no quieras sacarte de encima la posibilidad de crecer”, así que, te diría que aceptes el paquete completo que corresponda con el papel que quieras ocupar.
—Dale. Lo hablo con papá y te digo —contestó Constantino, un poco menos alegre sabiendo que su padre se quejaba cada vez que tenía que pagarle un hobby.

