778. Selectivo

3 de febrero de 2026 | Enero 2026

—¡Vengan! ¡Chicos, Fati! —gritó Hernán, con el tintineo de las llaves de fondo, mientras cerraba la puerta de su casa, a la que llegaba después de trabajar ocho horas y viajar dos, con un paquete de la panadería bajo el brazo que estaba por apoyar en la mesa del comedor—. ¡Rápido, vengan!

—Herni —saludó Fátima, que salió a recibirlo expectante como pocas veces—. ¿Y esto? —preguntó analizando el paquete.

—Traje unas facturas.

—No me digás —dijo Fátima y empezó a abrirlo.

—¿Qué onda, papi? —preguntó Luna, de trece años, que llegó corriendo desde la pieza, atropellando a su hermano menor, Ciro.

—¿Nos vamos? —preguntó Ciro.

—Me fijé y nos alcanza para ir a San Clemente cinco días a un departamento. Está arriba de una pollería, pero se ve cómodo —celebró Hernán.

—¿Todas medialunas de manteca trajiste? ¿Seis, nomás? —se indignó Fátima.

—¿Cinco días? —preguntó Luna.

—¿Qué es San Clemente? —preguntó Ciro.

—Bueno, no quise quedarme mucho tiempo en la panadería —le contestó Hernán a Fátima—. San Clemente es la costa. Playita, churros —le sonrió a Ciro.

—Pero hubieras traído una de dulce de leche, de pastelera, si la cobran lo mismo en la panadería, Herni, ¿sos boludo? ¿Cuánto más tenías que estar para elegir la factura?

—¿Cinco días de mierda? —se quejó Luna.

—¿San Clemente es donde va Gasti? —pregutnó Ciro.

—No, ellos van a Santa Clara —le contestó Fátima.

—Bueno, no sé. Andá y cambialas —le contestó Hernán a Fátima encogiéndose de hombros.

—Ah, una garcha. Son unos mentirosos de mierda —dijo Ciro con asco y volvió a la pieza.

—¿Cinco días? ¿Estuvimos comiendo arroz un mes para que ahora sean solo cinco días? Por lo menos me imagino que vamos todos los días a la hamburguesería que les dije —exigió Luna.

—O churros en la playa o cenar afuera, hija. Una de dos —aseguró Fátima—. Y tampoco todos los días.

—Dios mío, volvé a trabajar, mujer —dijo Luna, agotada de su vida—. Son los peores padres del mundo —agregó mientras encaraba para la pieza.

—Echaron a todos, pelotudita —le contestó Fátima, enojada, y después lo miró a Hernán—. ¿Todas medialunas, boludo? No te entiendo. Te juro que no te entiendo —cerró negando con la cabeza y encaró de nuevo al sillón, con el control en una mano y una medialuna en la otra. 

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