El presidente estaba ofuscado esa mañana en su despacho con los dos aires acondicionados enfriando al mango. No le gustaba tener que aprender algo que no le interesaba solamente para probar su imagen. Siempre había creído que su personaje de rebelde anticasta le serviría para toda la vida.
—¿Me llamó, presidente? —preguntó el nuevo jefe de gabinete.
—Necesito que me ayudes a practicar esta porquería —dijo el presidente y tiró un papel sobre la mesa.
—¿La canción? —preguntó el jefe de gabinete, levantando el papel de la mesa.
—¿No estamos a tiempo de, digamos, cancelarlo? —contestó el presidente.
—Sí, pero… Nos sirve para ver cómo medimos en ese público, que seguro nos banca, eso dicen las encuestas —aclaró el jefe de gabinete, un poco para convencer, otro poco para escudarse—. Pero lo probamos en la arena y con esa imagen recorremos el mundo.
—Bueno, o sea, ¿voy a tener el baño para mí? —preguntó el presidente.
—Por supuesto. ¿Quiere que practiquemos? Vamos —dijo el jefe de gabinete y empezó a tararear la música de la introducción.
Lo intentaron casi durante más de media hora, pero no hubo solución. El presidente no lograba recordar la letra ni el ritmo.
—De cualquier manera —aclaró el jefe de gabinete—, va a tener una pantalla adelante para que pueda leer la letra. Como si fuera un karaoke. Y, de cualquier manera… lo van a aplaudir igual, presidente. Son cordobeses —agregó entre la broma y la promesa.
—Es cierto. Los cordobeses me aman —sonrió el presidente.
Al bajar del escenario después de la presentación, durante la que había intentado seguirle el paso a la letra sin éxito a pesar de leerla en todo momento, el presidente celeberó ante el jefe de gabinete:
—¿Viste cómo canté? La rompí toda.
—Le dije que iban a aplaudir —contestó el jefe de gabinete, un poco para probar que las encuestas y su previsión habían sido correctas.
—¿Cómo no hacerlo si me salió impecable? Mejor que el salteño —contestó el presidente, bañado de sudor y gloria.

