771. TEG

28 de enero de 2026 | Enero 2026

A Camilo le encantaban los juegos de mesa. Ramiro y Daniela, su padre y madre, se habían esforzado para que su mundo, a sus once años, se limitara a lo analógico y no estuviera casi del todo atravesado por lo digital, como era el caso de sus compañeros de la escuela. Por eso en la última Navidad le habían regalado un TEG, que estrenaría la familia en las vacaciones en la costa.

Ramiro y Daniela ya lo habían jugado varias veces en la casa de unos amigos que también dedicaban tiempo a buscar juegos de mesa que alejaran a los chicos de las pantallas.

En el reparto de países aquella tarde lluviosa que les había arrebatado el disfrute del mar, a Ramiro le habían tocado Nueva York, California y Terranova, y a Camilo le había tocado la Argentina.

En un par de jugadas, Ramiro se expandió por todo Norteamérica venciendo al resto de la familia en cada tirada de dados. Gracias a las reglas, empezó a poblar de más ejércitos los países que ya tenía conquistados.

Camilo, entre la envidia y la admiración por su padre, decidió realizar su propia gesta conquistadora en América del Sur, donde también poseía a Colombia.

Sumó ejércitos en la Argentina y, desde ahí, atacó. Primero, a Chile. Cuatro ejércitos suyos contra dos de su hermana. Perdió dos ejércitos. Luego, a Uruguay, poseído por su madre, dos contra uno. Perdió un ejército y luego, uno contra uno, volvió a perder.

Pasó el turno sin conquistar ningún territorio y su labio empezó a temblar, su nariz a esnifar y sus ojos a lagrimear. Cruzó sus brazos ofuscado.

—¿Qué pasa, Cami? —preguntó Ramiro.

—Que vos tenés América del Norte, mamá tiene casi todo Europa y hasta la boluda de Sofía tiene Oceanía y yo no tengo nada —contestó Camilo.

—¿Qué boluda, nene? Vos sos un burro que no sabe jugar —contestó Sofía.

—Es un juego esto nomás, Cami —lo consoló Daniela—. No pasa nada. Hoy perdés y capaz mañana ganás.

—Es un juego de mierda. No juego más —contestó Camilo y le pegó al tablero desacomodando las fichas antes de levantarse de la mesa.

—¡Camilo! —lo retó Ramiro—. ¿No jugás más? Mirá que nos repartimos tus países, eh.

—Métanselos en el orto —contestó en su camino a la pieza.

—Pendejo de mierda —dijo Daniela—. Bueno, que se joda, nos los repartimos.

—¡Yo quiero Argentina! —festejó Sofía.

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