El bebé gateaba por el piso, esparciendo por el ambiente el olor a mierda que salía de su pañal, mientras su padre Santiago compartía un vino y pistachos, que antecedían a la enorme bandeja de sushi que él y su amigo Lorenzo iban a disfrutar en algunos minutos. Desde el departamento de Santiago se veían los bosques de Palermo y, al fondo, el Río de la Plata.
—¿Te sirvo un poco más? —preguntó Lorenzo con la botella de vino ya inclinada sobre la copa de Santiago—. Este me salió ochenta lucas, cosecha 2011.
—Dale… Sí. Me viene bárbaro el vino que estoy en el horno —contestó Santiago con voz trémula y apagada, mientras se pasaba una mano nerviosa por el pelo.
—¿Por qué en el horno? —preguntó Lorenzo, que había llegado hacía diez minutos.
—La guita, boludo —resolvió Santiago y bajó la copa en fondo blanco de un solo trago—. No alcanza.
—¿Pero vos no habías sacado un préstamo para acomodarte? —preguntó Lorenzo, que hacía un esfuerzo por ignorar al bebé, su olor a mierda, y su mano apoyada al lado del enchufe.
—Sí, por eso. Hay que devolver —dijo Santiago y se sirvió más vino.
Lorenzo apuró un poco su copa, aunque no la terminó.
—Y claro, Santi. Pero vos estabas por invertir —afirmó en tono de duda Lorenzo.
—Sí, sí, pero… —la pierna en traqueteo constante hacía sonar el talón contra el parqué—. Después, devolver todo…
—¿No tenés para devolverla? ¿Te fue mal en la inversión?
—No, bien. Fue bien, éxito —Santiago agachó la cabeza y miraba a un costado, con los párpados algo apretados.
Lorenzo dejó pasar unos segundos como por si Santiago completaba el panorama. De paso, miró al bebé, que agitaba una zapatilla eléctrica, donde estaba enchufada la tele, el equipo de sonido y una lámpara.
—Che, ahí Carmelo está jugando… —dijo Lorenzo.
—¿Mi abuelo? —preguntó Santiago y se bajó otra copa de vino.
—Tu hijo.
—¡Eh! ¡Carmelo! —le gritó Santiago después de mirarlo—. Salí de ahí, carajo —y le revoleó una ojota que le pasó cerca. El bebé soltó la zapatilla—. Bueno, por eso, ¿viste? Tengo para devolverla, pero me complica el resto.
—¿Vos no tenías no se cuántas hectáreas? Capaz te toca vender un poco para reorganizarte —sugirió Lorenzo.
—Sí, no… Ya lo hice, pero… Nada, ¿viste? Los tiempos —sonrió falso Santiago—. No llego ahora. Por eso te quería pedir si tenés líquido para prestarme y te devuelvo… Al veinte por ciento anual.
—¿Veinte? —se sorprendió Lorenzo—. Pero sí, por supuesto. Mostrame la escritura de las hectáreas y te lo transfiero ahora mismo —agregó, relajado de saber que podría comprarse todas las botellas que quisiera del mismo vino que Santiago le había bajado.

