Después de haberse quedado sin trabajo en el Ministerio de Capital Humano, Sergio había intentado buscar trabajo, pero no cualquiera: uno que le permitiera mantener el nivel de vida, o al menos cerca de lo que tenía hasta ese momento. Deprimido, al ver que no lograba después de tres meses, decidió recurrir a la información que podía: el registro del ministerio.
Ahí tenía los números de teléfono, domicilios e información personal de todos los jubilados del país. Como a él no le gustaba hacer el trabajo sucio, le vendió esa información a Horacio, un conocido de un amigo, que sí se dedicaba a estafar jubilados. Tenía un call center bien armado y varios empleados.
A cambio, Sergio se llevaba el quince por ciento de cada operación.
Con el aumento de contactos —y la seguridad de que todos ellos daban con una persona jubilada—, Horacio decidió sumar nuevos “llamadores de ángeles”, que era el término con el que se refería a sus empleados.
Tadeo, un pibe de veintidós años que, de solo verlo, daba la impresión de ser un poco lento aunque simpático, fue en busca de uno de los puestos.
Le explicaron cómo funcionaba el sistema: el diálogo que tenía que seguir y la cuenta a la que debían enviarse los fondos, que era una suya personal, desde la que debía transferirle a Horacio al final del día.
En la segunda ronda de control, al mediodía, Horacio pasó a cotejar cómo avanzaba el trabajo de sus empleados. Cada uno tenía, a un costado, una pantalla que mostraba lo que llevaban recaudado y los últimos movimientos.
—¿Qué pasó, Tadeo? —preguntó Horacio, alterado, en un tono que anunciaba el enojo—. ¿Y lo que tenías juntado?
—Sí, señora, lo que lo ofrecemos es el pack completo, fútbol, todo. A ver, deme un minuto —dijo Tadeo y se sacó el teléfono de la cara—. Estoy en medio de una.
—Cortale, boludo —ordenó Horacio y Tadeo obedeció—. ¿Qué pasó que falta plata?
—Es que charlé con una señora que… Graciela se llamaba. No, Graciel, creo. Igual, yo le decía Grace, por esto de que hay que tener empatía —Tadeo cerró los ojos canchero.
—La plata, imbécil. ¿Qué pasó con lo que había? —gritó Horacio.
—Es que… Claro, ella estaba que no llegaba con los remedios, así que le dije que… bueno, que se lo prestábamos nosotros y después ella tenía que devolver el mes que viene.
—¿Cuánto le diste? —preguntó Horacio con los dientes apretados y el cuello duro.
—Seiscientos mil —contestó bajito Tadeo, asustado por los puños apretados de Horacio.
—¡La puta madre! —gritó Horacio y le sacudió una piña a mano entreabierta—. ¿Sos idiota? Tenemos que juntar, no largar guita. No puede ser que lo tenga que explicar. Me vas a pagar peso a peso. Y, cuando termines de devolvérmelo, estás despedido —lo señaló Horacio y siguió su camino.

