El grupo venía desde la primaria, de ahí nos conocíamos casi todos, salvo algunos habían entrado recién en la secundaria. Y, de los de la primaria, el único que se había sumado en tercer grado era Facu que, en esas vacaciones en Gesell, había quedado como administrador de la plata de todos.
El sistema era una mierda, pero ya llevaba tantos años como vacaciones juntos: juntábamos la plata de todos y de ahí sacábamos un poco cada uno para apostar en algún partido de fútbol. El que la pegaba, manejaba la guita de todos y los demás le teníamos que pedir.
Ese año, Facu había hecho una apuesta que le había salido bien: pagaba mucho por la poca probabilidad que tenía y le fue bien. Otros también ganamos, pero menos plata.
Después de eso, el que administraba tenía poder de decisión. Claro que además de arrancar como un juego, la idea era administrar bien la plata, no hacer cualquier cosa.
El tema es que él ya tenía todo en su cuenta, y los tenía comprados a los boludos de Matías y Lucas, los dos gigantes, que lo cuidaban y hacían todo lo que Facu quería. A cambio, les compraba panchos, birras, cosas así a espaldas de todos.
Una noche, en el boliche, yo estaba sobrio y con sed y le pedí a Facu que me girara para un fernet.
—Dale, amigo, ahí te mando. Pero le tenés que ir a tocar el culo a esa piba antes —dijo él y señaló una piba que estaba bailando con amigas.
—No, dale, Facu, no jodas —contesté.
—¿No querías un fernet? —preguntó él con las cejas levantadas.
—Sí, boludo. Fernet nomás. No culos.
—No seas puto, dale. Mirá lo que es ese orto. ¿No te parece que te merecés acariciarlo?
—Tiene buen culo, pero no tengo chances con esa piba, y menos todavía si estoy careta. Si te parece, me das para dos fernet y yo voy y la chamuyo y veo qué onda —sugerí, aunque mi plan era quedarme con los dos fernet sin ir a buscarla.
—Amigo, ¿te pensás que nunca le tocaron el culo a la piba esa?
—Sí, pero ¿qué tiene que ver?
—Y bueno, ¿qué le va a joder una tocada más? Dale, boludo. Vos te lo merecés —insistió y ya me di cuenta de que no iba a ceder.
Así que fui y le metí la mano en el culo a la chica, lo tenía trabajado que parecía una roca. Y, al toque, me fui corriendo, porque ya se me venía una piña que no sé cómo terminaba. Me puteó, pero no llegó a verme, porque me escapé.
—¿Está rico el fernet? —me preguntó Facu, después.
—Una joyita amigo. Igual que el culo ese —le contesté yo y nos reímos.

