762. Siempre mutar

20 de enero de 2026 | Enero 2026

Ricardo llevaba media hora en esa habitación húmeda y sin ventanas, con las manos precintadas detrás del respaldo de la silla. Lo habían levantado justo cuando cerraba el portón de su casa para ir a la empresa: un hombre de anteojos y sobretodo, un carnet de la SIDE y el pedido de acompañarlos por un asunto de Estado, bajo amenaza de deternlo y llevarlo contra su voluntad.

—¡Por favor, ayuda! —gritó Ricardo, a esa altura, con ganas de mear en la silla y sin esperanzas de tener respuesta.

—Ricardo Figueroa —entró a la habitación el mismo agente que lo había detenido.

—Ustedes no son de la SIDE, hijos de puta. ¿Me pueden explicar qué carajo pasa? —se quejó Ricardo.

El agente le clavó un gancho al oído y Ricardo quedó mareado y aturdido.

—Bajá el tono, infeliz —agregó como para marcar el dominio de la situación—. Perdón por la demora, estaba atendiendo a otro en la habitación de acá al lado. Me imagino que no escuchaste nada lo que pasaba, ¿no?

Ricardo negó con la cabeza mientras intentaba acomodarse después del golpe.

—Bueno, acá si te querés ir con todos los dedos, te conviene obedecer —dijo el agente y sacó una pistola semiautomática de su espalda. Volvió a guardarla.

Ricardo asintió preocupado.

—Aguardame. Ya vengo —dijo el agente y volvió al minuto—. Esta es tu computadora —afirmó y le mostró su computadora, con la foto de fondo de pantalla de las últimas vacaciones en Brasil.

—¿Es por los retornos al ministerio? Puedo pagar lo que me falta. Por favor, dejeme ir —suplicó Ricardo.

—No, ¿qué retornos? Es por la pornografía infantil que tenés acá cargada y que compartís en internet, Ricardo.

—Pero, si yo no tengo… —Ricardo encogió los hombros lo poco que le alcanzó el precinto.

—Ah, ¿no? —el agente se sentó a un costado suyo, entró en internet y, en cuestión de segundos, una página empezó en descargar en su computadora cantidades industriales de pornografía infantil. A modo de prueba, entró en una foto donde se veía una nena desnuda—. ¿Y esto? Mirá que te lo detecta un softwear de Estados Unidos, eh, IP, dirección, todo. Ya estás jugado.

—¡Eso no es mío! —gritó Ricardo, indignado.

—Tranquilo, gordito. Lo podemos arreglar —contestó, lento, el agente—. Quinientos mil dólares.

—¿Qué?

—Lo puedo deshacer ya y esto no existió, pero tiene que ser ya mismo, poruqe después… ¿Aceptás o no?

Ricardo asintió.

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