Fernando y su esposa Nuria se habían juntado con sus amigos Héctor y Silvina para cenar en un restaurante de Adrogué, que les quedaba a mitad de camino entre Temperley y Burzaco, donde ellos vivían. Había reservado una mesa en ese lugar porque Fernando conocía al dueño del club de tiro.
Fernando le miraba el escote a Silvina cada vez que creía que su mirada no era seguida por las del resto. Ya se había embelesado con su perfume, mucho más rico que el de Nuria.
Él se pidió un lomo al champiñón. Le gustaba demostrar su poder adquisitivo, aunque no ganara una fortuna en el Servicio Penitenciario Federal. Y cuando Nuria iba a pedir una ensalada, él le ordenó:
—Pedite algo en serio —levantó una mano y miró serio a la mesa—. Un pollo a la mostaza, un bife de chorizo con papas rejilla.
—Bueno, mejor, ¿no? —preguntó Nuria, algo tímida, buscando complicidad en Silvina.
—Pero, sí. Aprovechá que saliste —le dijo ella.
Fernando comió su plato entero sin ofrecer a los demás, a pesar de que le habían elogiado la pinta. Le sintió un sabor raro, pero después de mirarle el color y la textura, eligió no decir nada al respecto. También le parecía rico.
Después de pasar el último pedazo de pan para liquidar la salsa de crema que restaba en el plato, uno de los cocineros se paró a su lado.
—Buenas noches, ¿cómo estuvo todo por aquí? —preguntó amable y sonrió.
—Muy rico, muchas gracias —contestó Silvina sonriendo.
—Excelente —acotó Héctor mientras Fernando, molesto por la interrupción, intentaba tragar el pan con salsa.
—Me alegro mucho —contestó el cocinero y se dirigió a Fernando—. Y mirá, en tu caso, pensé que te iba a molestar, pero se ve que te gusta tomarte la lechita.
Todos se sobresaltaron, menos Fernando: duro de sorpresa, entendió lo agrio del sabor del lomo y todavía lo podía sentir.
—Te tragaste la de tres pibes del penal al que le mandabas comida podrida, hijo de puta —el cocinero levantó los dedos en el aire.

