756. Mal pensado

14 de enero de 2026 | Diciembre 2025

El presidente había convocado en su despacho a su hermana y al jefe de gabinete para planear las reformas que soñaba para el país. De costado, una pantalla reproducía imágenes de personas llorando, algunas de ellas en protestas desesperadas por mejores condiciones de vida, y otras de dirigentes y militantes de otros partidos que lamentaban el fallecimiento de sus dirigentes.

—Quiero que me ayuden a pensar, digamos, las nuevas reformas que… o sea, lo que tengo pensado hacer este año —arrancó el presidente.

—A ver, ¿qué anotaste ahí? —preguntó su hermana.

—Primero que nada, dar a los perros los mismos derechos que a los humanos.

El presidente hizo silencio y los miró.

—Está… está buena la idea —contestó el jefe de gabinete—. Por ahí es difícil conseguir algunos derechos… trabajar, votar, cosas así.

—Entonces, digamos, que tengan los mismos derechos que un niño. ¿Les parece mejor? —propuso el presidente.

—Ahí va mejor, sí —contestó su hermana.

—Bueno, porque eso va de la mano con lo que de verdad quería que es la Asignación Universal por Perrhijo que, digamos, sería igual a la de los humanos. Porque si no, o sea, las familias que no somos de todos humanos estamos siendo discriminadas.

—Es cierto, tiene razón —afirmó su hermana mirando al jefe de gabinete.

—No, por supuesto —abrió los ojos grandes el jefe de gabinete y agachó la cabeza—. Me voy a poner a trabajar el asunto.

—Otro tema, o sea, un poco más importante, es que los quiero poner de ministros —agregó el presidente.

—¿A nosotros? —preguntó el jefe de gabinete y la hermana del presidente se rio.

—A mis perrhijos —contestó el presidente, serio.

—Bueno, creo que eso… —el jefe de gabinete se rascó la cabeza para largar alguna idea—. A lo mejor podemos ver de que sean cargos honoríficos como para empezar y, una vez que tengamos eso, damos el paso siguiente.

—Y lo último que quisiera… —el presidente hizo un silencio. Su hermana se levantó y dio la vuelta a la mesa para sentarse en el apoyabrazo del sillón del presidente—. Quisieramos habilitar el casamiento, o sea, entre cualquier persona que quiera. Sin que digamos el Estado se tenga que andar fijando si tiene… ¿Qué tiene que ver, digo, la misma sangre?

El jefe de gabinete los miró en silencio y forzando una sonrisa. La mano del presidente se apoyaba en el muslo de su hermana.

—Pero, ¿les parece? ¿El presidente y su heramana casados? Capaz que es un poco jugado para el nivel… Unos revolucionarios tremendos, eso sí. Pero la sociedad no sé…

—¿Nosotros casados? —preguntó la hermana del presidente con el tono levantado—. Qué asco, por Dios —lo retó.

—¿Qué decís, pedazo de enfermo? Salí de acá antes de que te revolee con algo.

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