Varias provincias le habían solicitado al gobierno nacional que tomara alguna medida en pos de equiparar el flujo de turismo entre los destinos más comunes y los que no suelen llenar su capacidad de ocupación, como para ayudar a las localidades en las que representaba un golpe importante a la eccnomía regional la falta de turismo.
El gobierno, como era de esperarse, negó cualquier tipo de aporte y sugirió a las provincias que rebajaran precios, aumentaran su capacidad de atracción o bien mudaran sus atracciones cerca de ciudades más pobladas.
Con casi un año de anticipación a la temporada de verano, las provincias que reclamaban debieron encarar cada una de las posibilidades.
Así fue como algunas provincias salieron a subsidiar consumos o negociar bajas de salarios en la rama turística para abaratar precios a cambio de un futuro aumento compensatorio.
Otras intentaron agrandar o consturir cordones montañosos, aunque fuera imposible obtener tanta roca como para llegar a ese nivel, y alguna provincia que tenía mucha montaña vendió parte de ella a otra a cambio de unos grados de calor para sus playas.
Las que más difícil la tuvieron fueron las que intentaron acercar cerros, lagos y saltos de agua a las ciudades.
Todas fracasaron, cada una a su manera. Mientras tanto, la Ciudad de Buenos Aires había invertido en el desarrollo de una inteligencia atrificial de tan alto nivel que podía transportar a las personas a otro escenario como si estuvieran allí.
El Jefe de Gobierno mandó a construir enormes galpones con habitaciones donde los turistas iban a hospedarse quincenas enteras, a pasear encerrados gracias a unos lentes de realidad virtual que les permitían conocer uno o más destinos casi a la perfección.
Desde cada esquina del país, miles de personas viajaron de vacaciones a la ciudad para conocer, desde ahí, el resto del país en una semana.

