752. La tuya

10 de enero de 2026 | Diciembre 2025

Poco antes de que papá falleciera, cuando ya le quedaba poco tiempo, hubo un día en que me pidió que lo acompañara al banco a hacer un trámite que, al final, no era otra cosa que cambiar billetes de cien dólares “cara chica” por unos nuevos que mantuvieran su valor, a diferencia de los otros que dejaban de circular porque el gobierno yanqui así lo había decidido.

Yo no lo podía creer. Para mí éramos unos secos totales que si nos daban vuelta no se nos caía un peso. Al menos, para mi hermano y para mí, y para nuestras familias, era así. Pero el tipo tenía amarrocado como medio palo verde. Al pedo, porque no lo usaba.

La sorpresa, a pesar de la bronca, nos venía bien. Yo erajubilada hacía poco y si llegábamos a fin de mes era por el trabajo de Fermín, mi marido. Mi hermano Esteban estaba parecido, o peor, porque tiene tres pibes más chicos que los míos.

Resulta que en la familia había una tradición que había arrancado mi tatarabuelo, de dejar a sus herederos con algo más que la tristeza. Pero ninguno de los anteriores había tocado una moneda. El tesoro había llegado intacto. Cosa de gallegos pobres, calculo.

Cuando papá se murió, esa plata quedó toda a cargo de Esteban, porque él tenía una caja de seguridad ya abierta y yo no.

Una tarde me llama y me dice que por qué no nos tomamos un café y charlamos. Nos juntamos un martes a la mañana en un bar de Parque Chacabuco que nos quedaba incómodo a los dos. Yo creo que lo eligió para encontrarme en un lugar vacío.

Después de una charla ridícula de actualizarnos casi como si hiciera falta, me dijo:

—Che, te quería decir que decidí, y me hago cargo de mi decisión si sale mal —se atajó antes de que yo lo anticipara—, invertir la guita del viejo.

—¿Cómo? ¿En qué? —pregunté yo, convencida de que el asunto olía mal.

—Se lo di al Colo para que él lo ubique, que tiene buena mano —y guiñó el ojo, el pelotudo.

—Pero, ¿en qué?

—No sé bien, él decide esas cosas —contestó, ahora esquivándome los ojos.

—Bueno, ¿y te mandó comprobantes de en qué lo invirtió? —le pregunté yo y, por cómo se le cambió el semblante, entendí que se acababa de dar cuenta de lo boludo que era—. ¿Vos no habrás entregado la guita así nomás sin firmar el papel que corresponda?

—Pero es el Colo, es mi amigo.

—Sí, pelotudo, amigo tuyo, no mío —a esa altura las mozas y el encargado nos miraban a nosotros—. Y hasta donde sé, lo quiso cagar a mi marido.

—Eso fue un error… —interrumpió Esteban.

—Error las pelotas —lo corté—. Es plata por la que laburaron nuestros viejos, abuelos, bisabuelos y la mar en coche, Esteban. Que aparezca mi mitad de la plata, aunque no hayamos hecho la sucesión ni nada, porque te mato —lo apunté con el índice.

—Por eso dije que me hago cargo —gritó él, defensivo.

—¿De qué te vas a hacer cargo? Tenés un departamento de mierda donde vivías con tu familia. ¿Te tengo que echar y venderlo yo porque sos un boludo? Pagame el café. Me voy a la mierda.

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