746. Villero

4 de enero de 2026 | Diciembre 2025

La distribuidora había funcionado apenas cinco meses de ese año, pero como le había ido dentro de todo bien, Damián, el dueño, había organizado una fiesta grande para despedir el año. Era en su quinta en Florencio Varela. Y ahí fuimos todos juntos, el viernes, desde la distribuidora.

Yo había tenido un año de mierda, me había quedado sin laburo y después, por suerte, apareció este justo cuando estaba a punto de… No sé, pero entre volver a lo de mis viejos y hacerme una cuenta de contenido erótico. O cualquier cosa.

Así que hasta fin de año estuve pagando cuotas de deuda que iban a seguir unos meses más. Estoy casi segura de que por eso me puse un poco en pedo ahí en la despedida.

A mí, en realidad, si hay uno que me gusta en el trabajo es Jero, pero se fue rápido, ni me enteré cuándo. Y de repente se me vino Iván a chamuyarme ahí. Cuestión que, charla va, charla viene, se hizo la hora de irnos.

—¿Venís a casa? —me preguntó Iván. Ya me había chapado un ratito.

—No sé, boludo, mañana abrimos.

—Y por eso, no me vas a hacer llevarte hasta tu casa y después volver a la mía. Vení conmigo y vamos juntos.

—Bueno, dale, ya fue —le acepté. Pensé en decirle que viniera a casa, pero no me dieron ganas.

Nos subimos a su Fiat cagado a palos. Desde ahí vimos a Matías que se iba en una Zanella 110 con Daiana. Todavía quedaba Paola que ya se iba y el resto de los pibes, que se iban de gira ya habían avisado que el sábado caían rotos.

—¿Viste que villero este Matías? —me dice así como en código.

—¿Por? —le digo.

—La moto esa reventada que tiene el salame y se hace el que le va bien.

—No, pero además tiene auto él —le contesté yo.

—Re villero. Pobre Daiana que se le va a pudrir toda la almeja.

—Ay, Iván, la puta madre —lo reté y mentí una risa—. Poné música y callate.

Metió una buena tanda de cumbias y yo iba bailando, así, cada tanto le besaba el cuello porque… bueno, ya que estábamos. Él me tocaba un poco la rodilla.

Mientras tanto, yo me imaginaba la casa de él, que en el trabajo decía que tenía tele de cincuenta pulgadas, equipos de sonido, una mesa de cocinero profesional, no sé qué cosa.

Pero ahí en un tiro miro para afuera y eran casas de ladrillo, techo de chapa, calles de tierra y ranchadas de pibes que, alguno que otro se le notaba el fierro abajo de la remera.

Y ahí mi cara habrá cambiado y él se avivó.

—¿Qué onda, linda? No me la bajes ahora, mirá cómo estoy —y se señala la verga al palo.

Llegamos y le pedí más vino. Me tomé así un vaso de un saque y le puse onda. Al pedo, acabó al toque y se quedó dormido. Yo no pude dormir y el sábado estaba re fisura. 

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