744. A mí todo me parece mentira

1 de enero de 2026 | Diciembre 2025

Yo tenía doce años. Mi hermano, catorce. Después de ver la película de los rugbiers uruguayos que quedaban varados en medio de la Cordillera de los Andres quedamos fascinados; con esa empatía rara que hace desear ser personaje de la película a pesar de la tragedia. Nos manijeamos tanto, que le pedimos a nuestros viejos ir ahí las siguientes vacaciones, adonde habían sobrevivido los uruguayos.

Las veces que nos íbamos de vacaciones —habían sido solo seis en mi vida, en realidad— eran siempre a la playa. Y a nosotros un poco nos aburría. A mí no me gusta jugar a la pelota y el mar era cosa de una o dos horas por día, nomás.

Papá nos dijo que podíamos ir a las montañas, a donde él iba de joven hasta que nací yo. Dijo que le gustaba hacer senderismo.

Le dijimos que sí muy emocionados, ya pensando en técnicas de supervivencia extrema.

—Pero no vamos a ir al lugar de los rugbiers, eh —aclaró papá, y nos bajó los humos.

—Dale, pa, ¿por qué no?

—Es imposible. Pero podemos subir la volcán Lanín, que yo ya lo hice hace como veinte años y hasta les digo que es mejor —mintió papá—. Pero eso sí: tenemos que empezar a ahorrar desde ahora. ¿Arreglamos eso? ¿Les parece? Nos controlamos todos los gastos para poder hacerlo este año.

Obvio que dijimos que sí. Después fue todo un año de sufrir. A cada cosa que pedíamos, la respuesta era que no. Cada tanto, con mi hermano, mirábamos fotos para darnos más fuerza y resignarnos.

Cuando llegó el verano, viajamos a San Martín de los Andes. Fuimos a contratar la excursión y nos dijeron que mi hermano y yo no podíamos ir, por una cuestión de edad y tamaño. Que ni con autorización de los padres se iban a hacer cargo ellos.

Me acuerdo todavía la cara de papá cuando se dio vuelta, vio nuestra decepción —estoy segura de que se notaba—, se acercó y nos dijo: “otro año será, pibis”. Volvió a mirar al de la empresa y le dijo:

—Dame para mí solo, entonces.

Cuando mamá —que estaba en el local viendo equipos de alpinismo y la espalda y los brazos del chico que acomodaba las botas y los grampones— escuchó a papá, se dio vuelta y se acercó hasta él:

—¿No podía ser otro año? —preguntó por lo bajo—. ¿Y nosotros tres qué hacemos?

—¿Cupando querés que lo haga, mi amor? Ya me pongo viejo. Dale, haceme la segunda, quedate con los chicos. Son dos días, nomás.

Mamá miró al chico apenas por detrás de la cara de mi viejo. Yo vi el instante en el que el chico le guiñaba el ojo y sonreía.

—Está bien, mi amor. Tenés razón. ¿Cuándo más vas a poder? —aceptó mamá y besó a papá.

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