743. Condorito

1 de enero de 2026 | Diciembre 2025

Eduardo Acosta y su familia producían trigo en su estancia de doscientas cincuenta hectáreas; algunas temporadas alternaba con máiz o cebada. Los mismos cultivos se producían en la chacra vecina, de unas treinta hectáreas, propiedad de una empresa oligopólica del rubro alimenticio, con la que Acosta no tenía un muy buen historial.

A pesar de algunas peleas que habían existido en otras épocas —la mayoría de ellas cuando cada dueño corría el alambrado para ganar unos metros—, en el último tiempo no habían peleado.

Así que el mismo Acosta se acercó un día a la tranquera vecina, donde había una garita de material. Lo recibió el Mudo López, que trabajaba ahí porque en otro lugar era un factor de distracción del resto del personal.

Le dijo a Acosta que pasara al fondo, que ahora el administrador nuevo se llamaba Contreras, que venía de la ciudad y era un tipo duro. Sin que el Mudo dejara de hablar, Acosta se alejó sin saludar.

—¡Buenos días, vecino! —saludó Contreras gritándole desde lejos—. Por fin tenemos el gusto —y estiró su mano con el codo pegado a su cuerpo, como para que Acosta se le acercara a estrechársela.

—Es cierto —asintió Acosta—. ¿Hace cuánto que está de administrador? —preguntó.

—Un año y pico.

—Te quería comentar nomás que voy a estar ahora aplicando unos productos fuertes contra las langostas, ¿viste?

—Están bravas, eh —acotó Contreras.

—Hemos tenido épocas peores, la verdad. Pero viste cómo son, que si las dejás, te sacan toda la producción. El tema es que no pase como siempre, que yo les doy acá, se van para tu lado, después vos les das y se vienen para el mío —sonrió Acosta, irónico.

—No, yo no te mando… —empezó a contestar Contreras.

—Sí, me mandaste —lo cortó Acosta—. Habrá sido la otra administración. No importa. Hubo una época que resolvíamos esto en conjunto. Te propongo hacer eso: yo les doy de este lado y ustedes de aquel. Y voy a ver si alguno más de los linderos que tengo se suman así las aniquilamos rápido.

—Perfecto. Yo puedo hablar con la empresa para que nos habiliten más productos, o uno bien fuerte que escuché que tienen en Estados Unidos.

—Quedamos así, entonces, Contreras. Un gusto —Acosta estiró su mano para saludarlo—. ¡Van a correr estas langostas de mierda! —agitó mientras se daba vuelta.

—Un gusto, Acosta. La próxima a ver si se viene a comer un asadito —agregó bajito, cuando Acosta ya estaba a unos metros y no lo escuchaba.

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