La fila de jubilados y jubiladas se estiraba por varias cuadras desde la sede de la ANSeS. A pesar de ser marzo, la última ola de calor se aferraba a la ciudad y manaba desde las paredes y el piso. Canas teñidas o al descubierto se acurrucaban contra la sombra que enflaquecía minuto a minuto ese mediodía.
Alicia se sentía agobiada. A sus setenta y dos años no le hacía ninguna gracia estar ahí, pero tenía que ir a presentar la queja por la falta de cobro de la jubilación. Si no hacía el trámite presencial, no se iba a evaluar su reclamo.
Tomaba sorbos mínimos de su botella de agua, como para no apurar la necesidad de un baño. Miraba el celular y se cansaba rápido. Cuando ya había pasado una hora en la fila, Silvia pasó a un costado.
—¡Silvia! —la saludó Alicia con los brazos abiertos.
—¡Gorda! ¿Cómo estás, Ali? —le festejó Silvia, una amiga con la que había compartido años de oficina, aunque ya no hablaban.
—Y… Acá, haciendo fila. ¿Vos recién llegás? —preguntó Alicia y le puso una mano sobre el brazo izquierdo.
—No, vine temprano. Ya me estoy yendo, de hecho —dijo Silvia y cerró los ojos un segundo entero—. Son unos hijos de puta —agregó después, negando con la cabeza.
—¿Por qué? ¿Qué pasó? —se preocupó Alicia. Algunos de los que estaban en la fila se acomodaron para, sin perder el disimulo, escuchar mejor.
—Entrás, te querés quedar a vivir porque adentro hay aire acondicionado, te atiende una persona como el culo en una ventanilla que te pide tus datos y te pregunta qué te pasó.
—Que no cobramos, querida —contestó Alicia, con una sonrisa indignada.
—Y claro. Entonces me dice que sí, que hubo muchos despidos y que por eso la plata no alcanzó para todos porque hay que pagar indemnizaciones, pero que el mes que viene le va a tocar a otros.
—¿Y la comida? ¿Y los servicios? Decí que yo no pago, pero ¿el alquiler? —contestó Alicia y exageró en gestos con las manos y los ojos.
—Tal cual lo que le dije. Y ¿sabés qué me contesta? “Pídale ayuda a su familia por este mes”. Así nomás.
—¿Eh? —Alicia perdió su énfasis—. ¿Y las que… Yo no tengo hijos. Tengo un sobrino que… —y dejó la frase en el aire.
—Bueno, yo lo mismo. A mí Manu me ayudó un poco….
—Ay, ¿cómo anda Manuelito? —preguntó Alicia.
—Bien, es un señor ya. Pero tiene hijos, no le alcanza, ¿viste? Me da cosa pedirle… —contestó Silvia.
—Y, claro… —lamentó Alicia unos segundos en silencio—. ¿Y qué te dicen acá? ¿Te van a dar la plata por haber hecho el trámite?
—Ni ellos lo saben, Ali. Y encima te despachan en dos minutos —Silvia se mordió el labio—. Yo te diría que te vayas. Es más, si querés vamos a almorzar ahora, antes de que busque a mi nieto por el colegio.
—Vamos.

