Para cuando la abrieron, ya era demasiado tarde: la abuela Gloria no tenía solamente el tumor en el hígado; también un riñón y los pulmones presentaban partes de carne deforme que se le salían desde los órganos. No soy médica, no sé cómo explicarlo, en realidad. Pero ya estaba con un pie afuera.
Ella vivía en un lugar hermoso, cerca de Uspallata, pero más arriba entre las montañas. Mi papá era de ahí también, solo que él se fue a trabajar a Mendoza capital y no volvió más.
Me acuerdo de los veranos, siempre que yo estaba de vacaciones de la escuela, que me mandaban a pasar febrero con mis abuelos.
Yo ayudaba a Gloria a hacer tareas de la casa, pero lo que de verdad me gustaba era la huerta. Ella tenía una manera de explicarme las cosas que las hacía más interesantes. Una anécdota con moraleja para cada planta.
Mi abuelo Mario era herrero en Uspallata. Iba y venía todos los días en bicicleta, salvo los pocos días de lluvia que había por año. Ahí usaba el Renault 12 que tenía siempre guardado debajo de una sábana en el garaje.
Una tarde, un camión atropelló a Mario cuando volvía en la bicicleta. Desde ahí, no fue el mismo. Los huesos nunca se repararon del todo y ya no podía hacer casi nada de lo que hacía antes. Murió a los diez meses del accidente, triste. Mi abuela Gloria quedó sola allá.
Hasta que, cuando instalaron la mina, empezaron los problemas para ella. Me acuerdo de una tarde que tomábamos mates, a la tarde, afuera, y se emocionó mirando el sol atrás de las montañas, que habían cambiado de tamaño y color en algunos meses.
Después, pasó lo que pasó: el agua contaminada y el cáncer para mi abuela. Plomo y arsénico en cantidades industriales.
La trajimos a vivir a casa para el tratamiento. Yo le organicé una recibida y ella fingió su alegría muy bien. Los demás se la creyeron. Yo no.
La quimioterapia fue peor. Volvía de cada sesión hecha moco, como desarmada.
—¿Te duele? —le pregunté un día que la vi que tenía los ojos cerrados y apenas se movía por la respiración.
—No —negó ella sin abrir los ojos, como si el dolor fuera algo que había quedado reservado solamente para mi abuelo, que “él sí la sufrió”, como decía ella.
—¿Querés que te prepare un té de jarilla? —le ofrecí.
Ella asintió. Yo me fui a la cocina. Cuando volví, ni siquiera tenía el suave movimiento de la respiración.

