736. Me la prestás

24 de diciembre de 2025 | Diciembre 2025

Después de cuatro años de no saber qué hacer de su vida desde que había terminado —o dejado— el secundario, Kevin por fin, después de una reevaluación de sus principios y valores, había encontrado ese lugar que le daba un horizonte: la barrabrava. Era tan chica como su club, pero ya tenía algunos negocios y los dirigentes vivían bien sin trabajar.

Kevin agradecía que su viejo se hubiera muerto antes de verlo ahí, rodeado de esa yunta. En cambio, el novio actual de su madre era más relajado con cuestiones morales: “mientras ganes plata, hacé lo que quieras”.

En realidad, Kevin seguía siendo repartidor de aplicación para bancarse, pero logró, además, tener la changa mensual que la barra le gestionaba: pintura en el club, cuidacoches en los alrededores de la cancha y el centro del municipio y alguna cosa del estilo.

Pero él encontraba mucho más que eso. El Mono Speroni y el Gitano Vargas, los líderes de la barra, habían pasado de darle temor, a ser nada menos que sus ídolos.

Antes los ignoraba en la tribuna: ahora entendía todo lo que ellos generaban y por qué lo hacían. Kevin se acercó a ellos tanto como pudo, en especial al Mono.

Hasta que, una buena tarde, mientras Kevin miraba su celular tirado en el sillón, escuchó unos pasos afuera de la casa y, un instante después, vio la puerta venirse abajo. Antes de enterarse de lo que ocurría, ya tenía un arma apuntándole a la cabeza.

—¡Policía! ¡Arriba las manos! —le gritó el mismo hombre que le apuntaba, como si fuera necesario. Kevin ya estaba con las manos en alto para cuando el otro se había presentado como policía.

—¿Qué pasó? —se animó a preguntar, aterrorizado.

—Tenemos imágenes de la moto de la puerta, misma patente, participando en un tiroteo —contestó otro policía, que se distinguía de los demás por señalar partes de la casa sin entrar a revolver todo empuñando un arma—. Con ese mismo casco —señaló uno apoyado en una silla.

—¿Qué carajo pasa? —apareció la madre de Kevin por la puerta del living, con las manos en alto—. ¿Qué hiciste, pelotudo? —le preguntó.

—Nada, ma.

—Su hijo fue a tirotear una casa de un narcotraficante —contestó el policía mostrando la pantalla de su celular a la madre—. Tiene suerte de que llegamos nostoros primero —mintió.

—¡Pendejo de mierda! ¡Te mato! —gritó la madre e intentó abalanzarse contra Kevin, antes de ser detenida por un policía.

Kevin, que llegó a ver de refilón las imágenes que el policía le mostraba a su madre, notó, por la forma de caminar, que el que se bajaba de su moto con su casco a disparar era el Mono Speroni, seguramente aquella noche en que le pidió probarla, ir a dar una vuelta.

Kevin estuvo a punto de gitar que no era él. No lo hizo. Se quedó en silencio y agachó la mirada al piso.

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