“Muchachos, hagan como todos los argentinos: si están mal de plata, busquen una nueva changa. Y si no quieren, arréglense con lo que les dimos hasta ahora”, afirmó el ministro de economía a una lista de correo electrónico con los gobernadores que, en la mayoría de los casos, no habían recibido fondos suficientes para mantener a flote la gestión provincial.
Gracias a sus palabras, varios de ellos decidieron emprender, a espaldas del gobierno nacional, en actividades que, por ser ilegales, siempre fueron más rentables.
Las regiones argentinas se acomodaron según sus facilidades: el noreste se dedicó a la producción de marihuana, mientras el noroeste se inclinaba por la cocaína y la Patagonia por las drogas sintéticas.
Las provincias cordilleranas instalaron puertos secos ocultos entre las montañas, que permitían llevarse metales sin declarar y otras provincias hasta se dedicaron a la venta de seres humanos enteros y trozados. Sus economías se dispararon.
Cuando el presidente lo advirtió era demasiado tarde: necesitaba los votos que esos gobernadores podían darle en el Congreso para sacar sus reformas, y los fondos que pensaba negociar, ya no tenían tanto peso en la negociación con adversarios poderosos.
El presidente se enfrentaba con su peor pesadilla: sus rivales ejercían los negocios que él deseaba que fueran legales en el mundo.
—O sea, ¿les digo la verdad? —el presidente empezó con tono amable la reunión con sus colaboradores cercanos—. Les tengo envidia ahora a estos… ¡mandriles siniestros que me quieren arruinar la vida! —levantó el tono y apretó los dientes al finla de la frase—. ¿Justo ahora que no puedo? Digamos, aprovechan que estoy en la Casa Rosada y no puedo ir a competir veinticuatro siete con ellos.
—Son delitos federales, podemos mandar a la justicia a perseguirlos —sugirió el jefe de gabinete.
—Claro, digamos, me convierto en el villano. Mando a atacar a los héroes que logran esquivar al Estado —contestó el presidente, irónico.
—Podemos legalizar las actividades y afectarles el negocio —sugirió el ministro de economía.
—No —contestó el presidente y se puso a dibujar. En un minuto tenía un boceto de un billete de cien dólares y lo mostró—. Esta es mi arte. Yo puedo hacer billetes de casi cualquier parte del mundo a la perfección. O sea, hasta me salen a mano, digamos. Con las máquinas… —el presidente sonrió y perdió su mirada en la mesa.
Los demás se miraron en silencio, no querían preguntarle nada, pero notaban un aura distinta a su alrededor. Después de un suspiro, retomó:
—Ni siquiera si tuviera los votos necesarios legalizaría sus actividades, porque entonces en un futuro, digamos… En mi mundo ideal, donde podría falsificar billetes libremente, yo no podría hacerme rico… —dijo, y se echó contra el respaldo. Estiró un silencio antes de seguir—. Me voy a preparar para ganar el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y falsificar a gran escala desde ahí. Renuncio. Vean cómo hacer para que siga en el gobierno mi hermana —se levantó y se fue.

